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¡Me caso!

Alicia Márquez
22 ago
11 min de lectura

Son las cuatro de la tarde de un día cualquiera. Un día tranquilo, sin sobresaltos. Una tarde en la que centrarse en cosas que no tienen importancia.

Belén está tumbada en el sofá, con las piernas sobre la mesa de café, el mando a distancia sobre su regazo y sujetando una lata fría de cerveza en una mano, con la otra juega con su pelo, mientras ve en la tele una telenovela turca sin preocuparse demasiado.

El día pasa lento, pero a Belén no le importa.

Sin embargo, su teléfono tiene otros planes...

Porque, mientras en la tele se desvela algo importante, el móvil empieza a vibrar sobre un cojín.

Belén lo ignora.

Hasta que la pantalla se ilumina y ve reflejado el nombre de su hija.

Belén gruñe.

Nadie debería llamarla a estas horas.

Su hija, menos.


Belén coge la llamada cuando sabe que está a punto de morir. Con desgana, como un simple trámite.

No sabe que está a punto de recibir una bomba.

- ¿Qué ocurre? - pregunta.

Desde el otro lado, su hija Jennifer se aclara la garganta.

Instintivamente, Belén se agarra con fuerza al cojín.

- Mamá... ¡Me caso!

Jennifer lo ha dicho, sin anestesia.

La bomba detona en el cerebro de Belén.

Su corazón late acelerado. No sabe qué responder

- ¿Cómo que te casas? - pregunta, desconcertada.

- Sí, mamá, me caso.

Belén aprieta los dientes. La primera vez podía sonar a advertencia, pero la segunda era una confirmación.

Y la confirmación, le duele.

Como una patada en el estómago.

- ¿Con quién?

- Con Antonio.

Belén cierra los ojos. Busca en su mente alguien con ese nombre en la vida de su hija. Pero no hay ningún amigo, ni un novio, ni un entrenador de voleibol con ese nombre.

- ¿Qué Antonio?

- Trabaja en las piscinas... ¿No te he hablado de él?

- No hija. Hace años que no me hablas de tus novios. Ni de nada en general. Ni siquiera sé dónde vives desde que te fuiste de casa.

Silencio al otro lado.


"Mamá, me caso"

- Porque quiero mi espacio - responde Jennifer al fin

- ¿Y entonces por qué me llamas ahora? - pregunta Belén

- No soy tan estúpida como para casarme a tus espaldas.

"No sé, hija. Últimamente haces muchas estupideces", piensa Belén

- Gracias, supongo... ¿Y cuándo te casas?

- En dos días. En el ayuntamiento.

- ¿En dos días? - repite, irritada - ¡Qué poca vergüenza tienes!

- Te estoy avisando ahora

- Un poco más y me llamas cuando estés de luna de miel... o con un bebé... o cuando tu hijo vaya a la universidad. O...

Se interrumpe.

Bebe un trago de cerveza.

- Y ni siquiera conozco a tu prometido.

De nuevo, el silencio

En la tele, los personajes recuperan el tono normal de sus conversaciones.

Belén solo puede encajar las piezas del puzle.

- ¿Te parece bien que vayamos a casa sobre las diez? - pregunta Jennifer - Así le conoces.

- Es lo mínimo - reprocha Belén, pero acepta la oferta - Está bien, a las diez.

"Maldita cría. Encima quiere venir aquí. No pisa esta casa desde que se fue", piensa, pero no lo dice.

Cuelga la llamada.

La telenovela turca sigue su curso, pero ella ya ha perdido el hilo.


Belén prepara los aperitivos - emparedados de jamón y queso, morcilla con pimiento y plátanos con bacon - con el mismo mimo de siempre. Como si viniera a visitarla su hermana Graciela, o las amigas del pueblo.

Pero no es Graciela, ni las amigas.

Quién la viene es su hija con su prometido Antonio

Y sabe que no es una visita de cortesía. Que la reunión no va a ser agradable

Lo sabe desde que suena el timbre, que la sorprende limpiándose las manos.

Su paso hacia la entrada es firme, sus tacones retumban sobre el parqué.

Quiere tener el control.

Es su casa.

Su hija, una forastera.

La puerta cede.

Tras ella, la pareja.

Ella con una minifalda vaquera y un top marrón que deja al descubierto dos tatuajes que Belén, por supuesto, no conocía; él lleva bermudas, una camiseta deshilachada, chancletas. Y un cigarro en su mano derecha que no se molesta en ocultar.

Belén dibuja una mueca sutil en su rostro.

- Él es Antonio - dice Jennifer, mirando a su madre. Después se dirige a su prometido. - Ella es mi madre, cariño.

Antonio extiende el brazo a Belén.

- Mucho gusto - comenta Antonio, con una sonrisa - Su hija me ha hablado de ti.

"Seguramente para mal", piensa Belén, mientras le estrecha la mano a su yerno. Un apretón - por llamarlo de alguna manera - frío, corto en el tiempo, y tenso.

- Bueno, pasad.


La pareja se sienta en el sofá, pegado a una pared llena de fotos. La única de Jennifer - de cuando ganó el campeonato juvenil de voleibol - está en el centro.

Un recordatorio para Belén, de que su hija ya no es aquella niña de la instantánea

Ella se acomoda en uno de los sillones que flanquean al sofá, en la derecha, junto al pilar que delimita el salón con la zona de comedor.

El silencio es incómodo.

La tensión se puede cortar con un cuchillo.

El tic-tac del reloj es un martillazo.

La mirada de Belén es dura. Lo hace sin forzar. Simplemente le sale. Busca incomodar, pero Antonio le sostiene la mirada.

- Así que tú eres el prometido de mi hija - le dice a Antonio, cruzando las piernas sobre el sillón. No le quita la mirada ni un segundo.

Antonio asiente, lentamente.

- ¿Y cómo os conocisteis?

La pregunta es para él, pero responden ambos, a la vez.

Sus respuestas son diferentes.

Mientras él responde que en una rave ilegal, ella contesta que fue en casa de él, durante una fiesta que dio, a la que Jennifer asistió con dos amigas.

- Bueno, en la rave nos conocimos, pero hablamos por primera vez en esa fiesta que diste - matiza Jennifer, mirando a Antonio.

Belén chasquea la lengua.

No le gusta la respuesta, pero no puede decir que le sorprenda.

- Eso fue hace dos meses - añade Antonio.

Belén abre los ojos como platos.

- ¿No es pronto para casaros? - pregunta, mirando a su hija.

- Sé que es el amor de mi vida - responde ella.

Antonio aprieta fuerte la mano de Jennifer.

- En dos meses no te da tiempo a saber eso - Belén intenta ser amable, pero por dentro le hierve la sangre.

La pareja se mira, pero se mantiene callada.

Jennifer parece que va a hablar, pero Belén se anticipa.

- En fin... ¿A qué te dedicas, Antonio? Mi hija me ha dicho que trabajas en las taquillas de las piscinas.

- Trabajaba - apuntilla - Me han despedido... por fumar... Se ve que a los jefes no les gusta que fume en las duchas, pero era el único sitio en el que podía hacerlo.

La expresión de Belén se endurece.

Silencio.

- Los jefes te tienen manía - ironiza.

Antonio baja la mirada a la mesa de café. Centra la atención en un posavasos triangular. Después, la vuelve a levantar.

- Eso es. Son muy estirados. Ella, especialmente. Se creía mejor que yo.

Belén gruñe.

- ¿Y a qué te vas a dedicar ahora?

- Creo que me dedicaré a vender cursos on-line para que la gente gane dinero. Seré uno de esos gurús de Internet.

- Vamos, un vividor - replica Belén. Su lengua se afila.

- Llámalo como quieras, pero se me da bien vender motos.

Belén asiente. En eso está de acuerdo, pero a ella no va a vendérsela.

- Llámalo como quieras, pero eso no es un trabajo de verdad.

Saborea el golpe.

- ¿Dónde viviréis?

- En mi caravana, claro.

Belén aprieta los puños. La ira le tensa los hombros. El sudor frío recorre su frente.

Jennifer sigue la conversación como un partido de tenis. Sin intervenir. Callada, agazapada, apretando un cojín contra su pecho.

- ¿Y si tenéis hijos?

- Eso no va a pasar, señora - dice Antonio - Los niños son una pérdida de tiempo. Además...

Jennifer se tensa, aprieta aún más el cojín contra el pecho. Lo muerde con los dientes. Sus ojos se vuelven vidriosos

Belén mira expectante.

- Te dije que nada de interrogatorios - interviene Jennifer, desesperada.

- Pero hija, solo quiero conocer a tu prometido... ¡Puedes continuar, Antonio! - ¿Además... qué? - Belén se inclina hacia adelante, con los brazos agarrando los brazos del asiento.

- Además tu hija se quedó embarazada hace un mes.

Belén se revuelve sobre el sillón. Mira a su hija.

Ella aparta la mirada.

Antonio saborea la pequeña victoria, pero no se contenta.

Quiere rematar.

- Abortó.


Toda la ira que Belén había acumulado sale de golpe

- Fuera - grita.

Su tono transmite una calma que su cuerpo no muestra.

Antonio no se mueve.

Jennifer se tapa con el cojín.

Es un manojo de nervios. Tiene un cúmulo de pensamientos contradictorios. No tiene fuerzas para enfadarse, pero lo está por dentro, con su madre, pero también con Antonio. Habían quedado que eso era lo único que no debía decir.

- He dicho que te largues - insiste Belén.

Pero él se muestra impasible.

Ahora Antonio tiene el control y lo disfruta.

Belén se levanta haciendo arrastrar el sillón. El chirrido de las patas contra el parqué irrumpe con fuerza. Ya no hay calma tensa. Ahora es tormenta.

- Que te vayas

La madre le agarra de la oreja a su yerno. Y tira de él hacia el hall.

Él intenta zafarse, pero Belén le tiene bien cogido.

Abre la puerta y le empuja fuera.

- Y no vuelvas por aquí - grita.

Portazo.


Belén le agarra de la oreja a su yerno. Tira de él hasta la puerta. "Y no vuelvas por aquí"

Belén apoya su espalda en la puerta, tratando de tranquilizarse.

Desde el salón, Jennifer se muestra asustada. Sigue siendo una bola, con el cojín como escudo. Mira a su alrededor. Puede huir, pero no tiene fuerzas para hacerlo.

Belén avanza hacia el salón. Se ve más tranquila, pero la furia aún permanece.

- ¿En qué estabas pensando? - pregunta, sentándose junto a su hija - ¿Tan mal lo he hecho? ¿Es algún tipo de venganza?

Jennifer la mira con esa mirada de cordero degollado. No sabe dónde meterse.

- Yo... - su voz es apenas un susurro - Yo le quiero.

- Eso no es amor.

A Jennifer no le gusta.

- ¿Y me lo vas a decir tú? ¿Tú que dejaste a papá?

Belén aprieta los dientes.

Eso es un golpe bajo.

- No mentes a tu padre aquí - dice - Él es otro capullo.

- Pero te hizo madre... de mí

- Y a veces me arrepiento.

El silencio es incómodo.

La distancia emocional se vuelve física.

Jennifer se aleja, se esconde en una esquina del sofá, mientras Belén ocupa la otra esquina. Como en un combate de boxeo cuando acaba un asalto.

A Jennifer le duele la frase de su madre. Le oprime el cuello, y siente que le falta el aire.

Para Belén tampoco es agradable decirlo en voz alta. Una cosa es pensarlo y otra s pronunciarlo en voz alta. Escupe contra su mano, como si quisiera purificar su garganta.

Respira hondo.

Busca la calma.

- Mira... lo único que quiero es que no cometas los mismos errores que cometí yo - dice Belén - Casándote con Antonio, destrozas tu vida. Y no me gusta verte caer a los infiernos.

- Pero es mi vida, mamá. No necesito que me protejas toda la vida - pausa - Y además, si caigo a los infiernos, tú ya estarás allí. Que tienes más amantes de los que puedo contar con las manos. Y no te has casado nunca... Yo al menos tenía estabilidad con Antonio. Vale, no es una relación de cuento, pero es más de lo que tienes tú.

Belén la mira desconcertada.

- No entiendo cómo, después de lo que ha pasado, quieras seguir adelante - habla Belén. Niega con la cabeza.

- Yo no entiendo porque sigues torpedeándome

Belén chasquea la lengua.

- Sé sincera... ¿Qué te da Antonio?

- Placer - la respuesta de Jennifer es inmediata

- Eso no es motivo suficiente para casarte - advierte Belén - Es algo que podría darte cualquiera.

- No cómo él

- ¿Y si fuera yo? ¿También te casarías conmigo?

Jennifer gira la cabeza como un resorte, con una sonrisa incómoda.

- ¿Crees que cómo soy vieja ya no tengo "sex appeal"? Tengo mi público.


Jennifer esboza una pequeña sonrisa con sus labios, aunque no hay rastro de humor en sus ojos.

- Estás muy callada. ¿No crees que puedo ser capaz de seducirte?

- No digas tonterías... Eres mi madre

- No son tonterías, hija. Puedo demostrarte que puedo seducirte, darte lo mismo que Antonio... y que probablemente no quieras casarte conmigo después.

Antes de que Jennifer pueda contestar, Belén le besa en la boca. Jennifer no reacciona. Es una estatua, solo mueve los ojos, llenos de sorpresa.

Cuando se separan, Belén sonríe con satisfacción; Jennifer está petrificada.

- ¿Qué? ¿Te ha gustado?

- Sí... - dice Jennifer, sin mirar a los ojos de su madre -. Supongo.

Entonces Belén vuelve a atacar. Un segundo beso.

Más largo, más lengua.

Y Jennifer va entrando, poco a poco, en su juego.

Cede. Su lengua le gana terreno a la de su madre.

Hasta que se convierte en una lucha de igual a igual.

Es Belén la que lleva la iniciativa.

La que desnuda a su hija.

La que le come los pezones como si no hubiera un mañana.

Jennifer se limita a dejarse a llevar, a no pensar en mucho más.

Su cuerpo convulsiona de placer. Sus espasmo se van sucediendo sin que Jennifer pueda remediarlo.

Los gemidos inundan el salón. Son agudos, con palabras inconexas. Respiración entrecortada...

Belén se motiva. Mueve su lengua a más velocidad entre pezones.

Jennifer los siente duros.

Belén decide bajar.

Directamente al coño.

Mete la lengua. Jennifer se estremece. Su cuerpo se arquea sobre el sofá. Jennifer gime. Sus jadeos a subido de volumen

Ella tiene los ojos cerrados. Su mente vuela.

Tiembla de placer.

Tensa las piernas. Se agarra al cojín, a la tela del sofá. Crispa los dedos de los pies. Su voz es un susurro.

El orgasmo está cerca.

Pero Belén para de golpe.

Jennifer la mira extrañada.

Se besan.

Belén la masturba.

Sus dedos se mueven rápido. Tan rápido que duele.

Jennifer explota.

Llega al orgasmo.

Definitivamente, está al nivel de Antonio, pero no lo va a decir.


Se besan. Ruedan por el sofá.

Belén se abre.

Jennifer se arrodilla.

Mete la lengua.

Primero con timidez. No deja de ser su madre.

Pero ella le agarra de la nuca.

La lengua de la hija empieza a encontrar el ritmo. Los gemidos de Belén empiezan a salir. Uno tras otro, como en una cadena.

La lengua de Jennifer aumenta la velocidad. Belén se estremece. Un escalofrío la recorre todo el cuerpo, desde la nuca hasta los dedos de los pies.

Belén le agarra de la cabeza. La aprieta contra sus ingles. Jennifer sigue subiendo. Cada vez los escalofríos son más frecuentes y prolongados en el tiempo.

Belén se corre.

Lo grita.

Su coño se convierte en una fuente.

Ve las estrellas.


Vuelven los besos. Vuelven a rodar por el sofá. Se caen a la alfombra. Ríen.

Se vuelven a besar.

Jennifer se sube al sofá. Belén permanece en el suelo.

Jennifer abre las piernas. Belén se encaja debajo. Mete la lengua.

Jennifer se estremece. Siente que aún tiene algo dentro.

La lengua de Belén corre, casi ni la toca, pero el coño de Jennifer arde.

El segundo orgasmo es una realidad. Los jugos caen por sus piernas.

Jennifer cae sobre el sofá, exhausta. Busca acompasar su respiración.

Belén está sentada en la alfombra, con las piernas flexionadas, con su mano buscando la de su hija. Ella no la acepta de primeras, pero acaba cediendo.

Antonio aparece fugazmente en el pensamiento de Jennifer. Y le asaltan las dudas.

- Creo que tienes razón, mamá - dice, encogiéndose de hombros.

- ¿En qué exactamente?

- En que no debería casarme... y menos... con él - admite - Estaba tan cegada

Belén sonríe para sí

- Es normal. Tienes veintiséis años. Y tienes que vivir la vida. Y conocer a mucho sapo.

- Lo dices porque sabes de sapos.

Ambas ríen.

Una carcajada sincera, que no traía nada más.

- Por eso mismo.

Las risas se apagan.

El silencio queda.

No es incómodo, pero tampoco reparador.

Si algo bueno tiene Antonio, es que les ha marcado el camino.


"Creo que tienes razón, mamá. Creo que no debería casarme"

1 comentario


pingui.blog99
28 ago

Creo que yo también me debería de casar con alguien a quien no conozco, quizás de esa manera consiga algunos polvos extra jajaja

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Av. Cobá 202, Cancún, Q.R., México

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