Me llevo a mi hijo a la oficina
- Vamos, hijo, muévete más rápido - le incita Olivia a su hijo Miguel - Ya vamos tarde.
Olivia tira del niño a través de un laberinto de pasillos estrechos, paredes blancas y puertas de madera. Ella va acelerada, tiene la blusa a medio abrochar, el pelo alborotado y una mancha de maquillaje sobre el cuello de la camisa. Camina a zancadas. Sus tacones se clavan en el parqué, su sonido inunda el lugar, como un martillo machacando un clavo.
Miguel, de seis años, avanza a pasos cortos y torpes. Parece que se va a tropezar a cada paso. Su madre tira de él, mientras el chiquillo está pidiendo una tregua. A él todo le parece extraño. Las paredes, las plantas que miden más que él, los extintores de las paredes. Es curioso y se quiere tomar su tiempo, pero su madre tiene otros planes.
- Si tu niñera no se hubiera puesto enferma hoy, precisamente hoy, no tendrías que estar aquí - lo dice más para ella que para el crío.
El despacho de Olivia está al final del enésimo pasillo al que han entrado. Tiene una puerta de madera de caoba, diferente al resto. La pared blanca sujeta la placa identificativa
"Olivia Santos. Jefa de ventas"
Abre la puerta golpeando con el hombro.
Entra en él tirando de su hijo, que está ensimismado con la puerta del despacho de enfrente.
La puerta se cierra tras ellos.
Se dirigen a la mesa circular, que ocupa una gran parte de la oficina.
De la mochila del niño, Olivia saca una caja con lápices de colores y rotuladores. Después, va a su escritorio y coge varios folios, que deja sobre la mesa.
- Mami tiene que trabajar, ¿vale?
Miguel la mira y asiente.
- Quédate aquí dibujando... pero intenta no salirte del folio, cariño.
El niño se refugia en los papeles.
Olivia vuelve a su escritorio. Se sienta en la silla, se hunde, y pierde la mirada en el ventilador del techo.
"Va a ser un día largo", piensa.
Enciende el portátil y mete la contraseña.
Se pone a trabajar.
Rellena informes, habla con clientes, revisa datos, identifica posible competencia... y de vez en cuando, le echa un ojo a su hijo. Él sigue enfrascado en sus dibujos, en abrir y cerrar rotuladores mientras tararea la canción de alguna serie infantil.
De repente, suena el teléfono.
"Mami tiene que trabajar. Tú quédate aquí dibujando"
Olivia contesta al tercer tono.
- Olivia - la voz femenina del otro lado suena amigable - Los de la sucursal de Austria ya han llegado. Te esperan en la sala de juntas B para empezar la reunión.
Mira hacia su hijo, que dibuja algo con un rotulador azul.
- Dame cinco minutos - responde - Ofréceles café. Gracias, Vero.
Observa, de nuevo al niño, que ha cambiado de rotulador, y de hoja. Ahora parece que está dibujando un coche con el color rojo. Olivia frunce el ceño. No le gusta dejarle solo. Y menos es este territorio tan hostil.
Pero el trabajo manda.
Se levanta, camina despacio, alargando el momento, dejando que el sonido de sus tacones llenen la oficina.
El niño sigue centrado en el coche. Le está dibujando las llantas.
Olivia se acuclilla para ponerse a su altura.
- Cariño... - dice, tragando saliva - Mami tiene que irse a una reunión. Te vas a quedar solo. ¿Te portarás bien?
El niño la mira con ternura, pero también se le nota asustado.
Luego asiente y vuelve a centrarse en el coche.
- Después te compro un helado de fresa. Tu favorito.
Avanza hacia el despacho. Sonríe.
Lo tiene todo controlado... O, al menos, eso cree.
"Mami tiene que irse a una reunión, ¿te vas a portar bien?"
Veinte minutos después, Olivia está estrechándole la mano a su homólogo austríaco y al resto de invitados. Se intercambian palabras de afecto, y se emplazan a seguir hablando del acuerdo al que han llegado.
Pero Olivia tiene la cabeza en Miguel.
Se despiden de los austríacos. Ella sale escopetada de la sala de juntas, como si intuyera que algo fuera mal.
Esquiva a empleados, que parecen simples obstáculos, y llega frente a su puerta. La placa se mantiene brillante sobre la pared.
Resopla.
Agarra la puerta de la manilla.
Ésta cede.
- Ya estoy aquí, cari...
Pero no hay nadie.
En la mesa está el dibujo del coche, la mochila descansa sobre una de las butacas, hay rotuladores por el suelo - alguno sin tapón -, pero Miguel no.
Mira bajo su escritorio. Nada.
Abre el armario de los archivadores. Nada.
El corazón empieza a latir con fuerza.
El sudor empieza a caerle por la frente
Empieza a faltarle el aire
Busca tras la cortina de la ventana. Nada.
- ¿Miguel? - se pregunta -¿Miguel?
El segundo "Miguel" suena más desesperado.
Vuelve a mirar bajo el escritorio, nada.
Un escalofrío recorre su cuerpo.
- Te dije que quedaras aquí - no es reproche. Es desesperación - ¿Dónde coño estás? ¡Esto es muy grande!
Sale en su búsqueda.
En el despacho de enfrente no está.
El aire le llega con más dificultad.
Cuando Olivia regresa a la oficina, su hijo no está
Ahora todo parece más grande. Los pasillos estrechos son autopistas; los despachos, urbanizaciones, y cualquier rincón es susceptible para que un chaval de seis años se esconda.
Olivia se mueve por la oficina con el corazón en la garganta y lágrimas que no terminan de brotarle.
Cada despacho es una oportunidad para ella, pero todas las puertas se abren sin una respuesta positiva.
La desesperación se le agarra de la columna vertebral. Sus piernas tiemblan. Cada paso es una tortura, y sin embargo, sigue luchando.
Llega a recepción, donde Vero habla por teléfono. Interrumpe la conversación cuando me la mirada perdida de Olivia.
- ¿Qué ocurre? - pregunta, tapando el auricular con la mano.
- Mi hijo... No está en mi despacho - dice, intentando mantener la calma, pero sus ojos se empeñan en llevarle la contraria - ¿Lo has visto?
- No lo he visto
- Se llama Miguel. Tiene seis años, lleva un peto vaquero y un jersey verde. Y las manos, probablemente, estén manchadas de rojo.
- No. Lo siento, no lo he visto.
Olivia saca su móvil buscando una foto del crío, pero no llega a enseñársela a Vero.
- Pregunta por ahí
Vero vuelve a la llamada.
Olivia sigue el consejo.
Pero ni Lidia, la de recursos humanos; ni Ramón, el informático; ni Jesús, el comunity manager; ni Alicia, la nueva, que no conoce ni dónde está la máquina de café, han visto a su hijo.
Tiene que seguir buscando.
Cruza la oficina y pasa por el despacho de Don Justo, el dueño, que mantiene una acalorada discusión por teléfono. No escucha de lo que hablan, pero sus gestos directos y cortantes le delatan. Opta por seguir. No es un buen momento para preguntar por un niño desaparecido.
Llega a la sala de descanso. Allí hay dos comentando la jornada futbolística. A ellos sí les va a preguntar porque "un niño desaparecido es más importante que darle patadas a un balón"
Pero tampoco obtiene una respuesta útil.
Se toma un vaso de agua fría. Es un pequeño respiro antes de adentrarse en un nuevo laberinto de paredes y puertas.
Los dos empleados vuelven al fútbol.
- El penalti es tan claro como una catedral - dice uno.
- Pero si ni le roza - replica el otro.
Olivia no les oye.
Tiene la mirada fija en el laberinto. Un lugar desconocido para ella. Nunca ha estado en esa parte de la planta.
La desesperación pesa como una losa. Cada paso es más torpe, menos limpio, con una sensación de que se va a caer en cualquier momento.
Ya siente que pierde hasta la esperanza.
Empieza a resignarse y a pensar en lo único en lo que no quiere.
En que su hijo ha sido secuestrado.
Se golpea en la cabeza, como si quisiera abandonar ese pensamiento, pero se agarra al cerebro como un escalador a la roca.
Y de repente, una risa.
La conoce bien.
Aguda, con muchas "ies", escandalosa, y con una sensación de que le se va a agotar el oxígeno de tanto reír.
Abre los ojos como platos.
Recupera la esperanza. Es un chute de energía.
Camina con celeridad. La risa se intensifica.
Proceden del despacho contiguo a la sala de juntas C.
Se acerca sigilosa, prudente, esperando que no sea una burla de su propia mente.
En la pared, brillando bajo el fluorescente, la placa con su nombre
"Ruth Palacios. Marketing"
Golpea con los nudillos.
- Adelante - dice una mujer desde dentro.
Olivia abre despacio, con el corazón latiendo fuerte, traicionada por sus propios fantasmas.
Cuando la puerta llega a su tope, ve a una mujer apoyando el trasero sobre su escritorio y a un niño riéndose a carcajadas por alguna ocurrencia.
Miguel.
Está a punto de rendirse, pero entonces escucha una risa que reconoce. La de su hijo
Olivia llora de golpe, sin poder contenerse. Tiene ganas de gritarle, de echarle la bronca, pero que esté sano y salvo es más poderoso. Solo puede abrazarle.
Aún así, le sale un reproche.
- ¡Qué susto me has dado! - dice - No vuelvas a hacerme esto.
- Lo siento mami - responde él, bajando la cabeza - Tenía pipí y quería ir al baño.
Olivia no sabe que decir.
Decide callar, mientras el niño empieza a jugar con dos figuras de papel que, seguramente, haya hecho Ruth.
Olivia la mira.
No es solo la joven - no tiene más de treinta años -, que la ha salvado del infarto, sino que parece una mujer mucho más interesante. Es morena, ojos azules y esa voz tan dulce que puede hipnotizar a cualquier fiera.
Incluida un niño de seis años.
- Siento todo esto. La niñera me ha fallado y no tenía plan B.
- No te preocupes - responde Ruth - Adoro a los niños. Espero ser madre algún día. Ha sido una compañía agradable.
La voz se le queda grabada. Hace que le tiemblen las piernas.
- Es un poco revoltoso
- Pero mujer... ¿Quién no ha sido revoltoso a su edad?
Y le guiña el ojo.
Olivia se derrite por dentro.
- Touché.
Su hijo sigue jugando con las figuritas de papel.
- Vamos, cariño, ya hemos molestado a esta mujer.
El crío se levanta, le da la mano a su madre.
Se van.
Pero Olivia vuelve a mirar a Ruth.
- Gracias.
Olivia mira al pequeño con ternura, pero Ruth merece toda su atención
Olivia anda tirando de su hijo. Él camina a su lado, pero no para de mirar al despacho de Ruth.
- ¿La conocías? Parece muy maja - dice
- Es la primera vez que la veo - responde Olivia. - Sí, eso parece.
- ¿Me vas a comprar un helado?
- Voy a llamar a tu tía Rosa.
Y aprieta el puño.
Otra vez Rosa.
Rosa espera apoyada en la pared, con las piernas cruzadas, tecleando algo en su móvil.
Se ha tenido que levantar de la cama el único día que tiene libre en varias semanas.
Y es la enésima vez en la que le tiene que salvar el culo a su hermana.
Pero no está molesta.
O, al menos, no lo quiere mostrar.
Las puertas del ascensor se abren. Miguel sale corriendo al ver a su tía con quién se funden en un largo abrazo. Después, Rosa, le da dos besos a su hermana.
- Gracias, hermanita - dice, con una sonrisa - Te debo una.
- Me debes setecientas treinta y tres - reprocha.
Pero luego se carcajea.
A Olivia no le hace gracia.
No le gusta que su hermana le recuerde todas las veces que ha tenido que recurrir a ella.
- Mi turno termina a las cinco. Me paso por tu casa para recogerlo. Después, podemos ir al parque para que vea los patos.
Miguel saborea un cucurucho imaginario.
- ¿Y ha comprarme un helado?
- Y ha comprarte un helado. Pero tienes que hacer caso a todo lo que te diga tu tía.
Regresa al ascensor.
Miguel le acaba de dar la mano a Rosa.
Olivia les despide, mientras las puertas se van a cerrar.
- Gracias - dice, mirando a su hermana.
El ascensor se cierra por completo.
Mientras sube, piensa en su trabajo. En lo retrasada que va tras la excursión de su hijo. Le faltan muchos informes por terminar, tiene llamadas pendientes y reuniones que no puede posponer.
Sin embargo, también piensa en Ruth, en lo mucho que le atrae, en que no es solo la mujer que cuidó a su hijo.
Ya no quiere trabajar.
No hasta que hable con ella.
Por eso, cuando llega a la sexta planta, en vez de ir a su despacho, camina al de Ruth.
La puerta está abierta.
Olivia entra sin llamar. Como si una fuerza sobrehumana la empujara.
Ruth está con su portátil, tecleando a toda velocidad.
Siente su presencia. La mira de soslayo, sin levantar la vista del portátil.
- ¿Has venido a perder a tu hijo? - pregunta.
Olivia ríe.
A carcajada limpia.
- Muy graciosa, Ruth... muy graciosa... En realidad venía a buscarte a ti.
- ¿A mí?
- Sí. Quería agradecerte por cuidar a mi hijo.
- No tienes porqué
- Pero quiero hacerlo... ¿Qué tal una cena en el "Quintos" a las diez y media?
Ruth levanta la vista.
Olivia crispa los dedos de los pies dentro de los tacones.
- Bueno... si no tienes pareja.
Ruth se levanta de la silla.
Rodea el escritorio.
Se apoya sobre él.
- Me da a mí que quieres una cita. No un cena de agradecimiento.
- Yo...
Ruth camina hacia Olivia, que está paralizada. El bamboleo de sus caderas la hipnotiza.
- Yo solo quiero una cena... - dice al fin -. Si la aceptas.
- Sé clara, Olivia
Ruth sigue caminando. Están a pocos centímetros. Pueden saborearse el perfume. Pueden oír sus latidos.
- Vale, es una cita.
Su cuerpo tiemble.
Se besan.

El beso dura poco, pero deja a Olivia congelada.
Es más intenso de lo que ha podido soñar.
El segundo dura más. Y Olivia empieza a entrar en el juego. Ya empieza a reaccionar.
El tercero lo inicia ella.
Sus lenguas libran una batalla sin cuartel.
Olivia lleva a Ruth a su escritorio. Hasta que topan con él.
De un manotazo, Olivia vacía el contenido. Después, sienta a Ruth sobre él.
Le abre las piernas.
Se siguen besando. Se desean, se muerden, se quedan sin aliento. No hay ternura. Solo pasión, fuego, algo prohibido en esas cuatro paredes.
Olivia le desabrocha la blusa, sus pechos se liberan. Los lame, Ruth gime. Deja la mirada perdida. Rendida al placer.
Sigue bajando.
Ruth pierde los pantalones. Sus bragas ceden con ellos.
Olivia baja su boca. Besa todos los rincones. No deja ni uno.
Llega hasta el coño.
Se relame.
Mete la lengua.
Ruth gime, arquea su cuerpo, tiembla. Sus gemidos son fuertes, su voz se resiente.
Olivia mueve la lengua con velocidad, no hay progresión. Quiere ser una fuerza de la naturaleza. Quiere que se corra como una perra. Que no olvide ese día.
Los gemidos inundan el despacho. Ruth se tensa, aprieta todas sus extremidades. Se agarra a la mesa. Sus nudillos se vuelven blancos. Como su mirada, pérdida en algún punto fijo de la sala.
Olivia mete un dedo.
Después, dos.
Llega a los tres.
Su lengua no se aparta.
Los gemidos de Ruth aumentan. Son más frecuentes, más constantes, más desesperados.
Su cuerpo entero se tensa.
El orgasmo está cerca.
Lo siente.
Lo nota.
El cuarto dedo aprieta el botón.
Ruth llega al clímax.
El grito es ensordecedor.
Olivia se paraliza unos segundos. Luego, sigue saboreando sus jugos. Hasta que dejarla seca.
Vuelven los besos.
Olivia se sube a la mesa.
Desnuda, solo con los tacones puestos.
Ruth empieza a masturbarla. Olivia jadea. La mira fijamente a los ojos. Y mientras, se derrite por dentro por como la toca.
Acaba con la espalda sobre la mesa, con las piernas colgando. Ruth le come el coño. Entra a matar.
Olivia gime. Sus dedos se crispan. Todo su cuerpo se tensa. Las palabras no le salen, la respiración es agitada.
Ruth mueve la lengua con más velocidad. Sus dedos la acompañan. Resbalan al interior. Salen empapados.
Olivia gime. No para. No puede frenar. Pide más.
Y más
Y más
Ruth se lo da.
Las mejillas de Olivia arden, sus rodillas arden, su cuello arde...
Siente que se corre. Quiere apretar, aguantarlo.
Pero Ruth le muerde los pezones.
Olivia se va. Sus jugos empapan la mesa.
Vuelven a besarse. Ruedan por la mesa.
Ruth queda encima.
Hacen un 69.
Van a la misma velocidad.
Los gemidos quedan opacados, pero se escuchan los jadeos.
El segundo orgasmo llega por inercia.
Vuelven a besarse, a comerse con deseo, a lamerse el cuello, a mirarse con pasión, y a pedir más sin abrir la boca.
Pero el teléfono tiene otros planes.
Ignoran la primera llamada.
Se siguen besando, cruzando sus cuerpos sobre el escritorio.
La segunda llamada, no pueden ignorarla.
Ruth tiene que coger.
La llamada dura diez segundos
- Lo siento, querida - dice -. Me necesitan arriba. Vamos a abrir una oficina en Atlanta. Hay que anunciarlo.
- Lo entiendo - replica Olivia con decepción - No debería estar aquí, así que...
- ¿Sigue en pie la cena?
- Aún no he reservado, pero sí, sigue en pie. Te esperaré.
Ruth se viste todo lo rápido que puede, pero sin renunciar a que Olivia siga contemplando su cuerpo.
Ella, por otro lado, sí se viste lentamente. Dejando sus ojos por el cuerpo de Ruth.
- Nos vemos a las diez y media - dice, con una sonrisa poco profesional
Avanza hasta la puerta
- Y no traigas a tu hijo. No necesitamos a Cupido.

"Nos vemos a las diez y media. Y no hace falta que traigas a tu hijo", dice Ruth con una sonrisa



Los niños no hacen nada en una oficina, pero pueden ser una buena excusa para tener un rollete con una compañera jajajaja