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Mi ex es mi jefa

Alicia Márquez
28 mar
13 min de lectura

Sentí un cosquilleo cuando las puertas automáticas se abrieron y crucé el umbral. Sudaba y el cuello de mi camisa me quedaba más prieto de lo normal. Mis pies se deslizaron solos, como si llevaran la voz cantante de mi cuerpo.

El vestíbulo era amplio, con materiales fríos y unos blancos quirúrgicos. Parecía más un hospital que el hall de una importante empresa financiera.

A pesar de ser las ocho de la mañana, ya había mucha actividad. Veía a muchas personas hablando en sofás blancos, mientras otras caminaban de un lado para otro, rozándome sin percatarse de mi presencia. Como si fuera invisible. Como si fuera un simple pececito en un mar lleno de tiburones.


Un cosquilleo de nerviosismo recorrió mi cuerpo cuando las puertas automáticas se abrieron y crucé al vestíbulo. Era un pececito en un mar de tiburones.

Me acerqué al mostrador con cara de terror. Había pensado unas cuatrocientas veces huir de allí, que ese no era mi sitio, pero no llevé a cabo mi idea. Mis pies no me lo permitieron.

Y me encontré frente a una mesa curva con dos ordenadores y varios folletos. Tras ella, dos empleados: Un hombre y una mujer.

Él alto, rubio, su sola presencia intimidaba. Ella, morena, baja, gafas y un moño con el que parecía que se había peleado. Él me miró como si me escudriñara mientras hablaba por teléfono. Fue ella la que me atendió.

- Me llamo Verónica Molina - dije -. Hoy es mi primer día de trabajo aquí.

La chica tecleó algo en el ordenador, mientras él seguía la conversación por teléfono. No parecía ser de trabajo ya que repetía muchas veces "cariño"

- Usted debe ser la nueva analista - me dijo, ajustándose las gafas al puente de la nariz -

Un tic.

Se lo había visto hacer en tres ocasiones.

Asentí.

- Me dijeron que preguntara por Clara López - añadí.

- Ah sí, Clara - dijo ella volviéndose a llevar las gafas al puente de su nariz - Es la responsable de recursos humanos. Espere aquí, enseguida la aviso.

Di dos pasos atrás. Ella, mientras, se llevaba el auricular a la oreja; él, alejaba el suyo con un "te llamo luego, cariño" que no admitía dudas.


Me llamo Verónica Molina. Es mi primer día aquí.

Pasaron diez minutos cuando Clara apareció en el mostrador. La reconocí al instante por la chaqueta. La misma que llevó el día de la entrevista. Hace dos semanas.

Clara era de mi estatura y tenía la misma complexión que yo, aunque ella algo más rellenita. Vestía unos vaqueros negros, una camiseta blanca con escote de pico y una chaqueta rosa que le daba color a su atuendo. En una mano llevaba una carpeta, y en la otra una acreditación. Deduje que era para mí. La suya la llevaba colgada al cuello.

- Bienvenida al equipo - me dijo estrechándome la mano

Me entregó la acreditación y sonreí al haber acertado con mi deducción.

- Esto te da acceso a toda la planta - me comentó sobre ella.

Yo miraba la foto que me había puesto, la que les di el día de la entrevista.

Me la colgué.

- Acompáñame. Te enseño esto.

Seguí a Clara.


Ella me hizo el tour. Me enseñó las oficinas, los despachos de los empleados con más rango, la sala de descanso, la sala de juntas con mesa de cristal y varias sillas de cuero, los almacenes, los archivos, la sala de servidores... incluso los baños. Una vuelta muy exhaustiva. Me quedé con todo lo que pude. Los nervios me traicionaban.

Luego me acompañó a mi puesto.

Un cubículo más en un mar de ellos en el centro de la planta. Estaba vacío, impoluto, un lienzo en blanco para que lo decorara a mi gusto. Mi bote para los bolígrafos "recuerdo de Granada", la foto del día de mi graduación, y un coche de juguete que me regaló mi sobrino y se ha convertido en una especie de amuleto para mí...

Me instalé y pronto empezaron mis nuevos compañeros a darme la bienvenida.

- Soy Carmen - dijo una mujer de dentadura de anuncio -. Soy analista de datos.

- Ignacio - anunció otro. Me llamó la atención su cicatriz en la oreja - Trabajo en documentación. Si buscas cualquier informe, estoy en ese cubículo.

- Álvaro - se presentó otro -. Soy el de mantenimiento. Si tu ordenador falla, soy tu hombre, pero odio que me molesten en la hora de descanso. De verdad, no me des problemas en esas horas o te haré la vida imposible.

Carmen rio como si dijera "Álvaro, que es la nueva"

- Soy Estela. La Comunity Manager - dijo otra -. La que se encarga de decir lo buena que es esta empresa en redes.

Me sentí arropada y mis nervios estaban disminuyendo.

- Gracias a todos por la bienvenida - dije - Yo soy Verónica. La nueva analista

- Anda, como yo - dijo Carmen - Vamos a trabajar codo con codo.

- Eso parece.

Les vi alejarse, cada uno a su puesto.

Me puse los auriculares.

Y me puse a trabajar.


Movía la cabeza al ritmo de David Guetta cuando escuché el rugir de mis tripas. Miré instintivamente el reloj: las dos y cuarto de la tarde. Luego, volví a dirigir mi mirada al Word - vi el documento completamente lleno de caracteres - y sonreí.

- He aprovechado bien la mañana - dije en voz alta.

Mis tripas volvieron a rugir.

- Creo que es hora de un descanso - añadí.

Vi a Carmen levantarse de su mesa y acercarse a la mía

- Los lunes solemos ir algunos compañeros al restaurante que hay en la esquina - comentó -. El "Cohete azul"... ¿Te apuntas?

- Vaya, parece que me has escuchado - comenté con chanza - Dame unos segundos y os alcanzo.

Carmen asintió y regresó a su mesa. La vi recoger el abrigo.

Yo envié el documento que me habían pedido al correo que me había facilitado.

Me había llevado toda la mañana.


Me reuní con Carmen en el ascensor. Con ella estaban Estela, Ignacio y uno hombre al que no había visto aún y se presentó de inmediato

- Me llamo Rubén - dijo - Soy consultor. Soy como un mago. A veces estoy, y a veces no.

Todos se rieron. Yo también.

"El chistoso del grupo", pensé.

Después, Estela habló del lugar donde íbamos a comer.

- Se come muy bien - comentó.

- Y su menú del día es barato - añadió Rubén - Solo diez con cincuenta y cinco.

Fue entonces cuando el ascensor se paró en nuestra planta y las puertas metálicas azules se abrieron. En su interior, tres mujeres, aunque solo me fijé en la del centro.

Porque la conocía.

Demasiado bien.

Carlota.

Mi ex.

Me quedé paralizada y todo parecía ir a cámara lenta. Ella estaba preciosa. Su lunar tan característico, esas mechas californianas en su melena negra... Y llevaba un vestido azul que yo le había regalado, como si ella supiera que este contacto se iba a producir, aunque sus ojos denotaban también sorpresa.

- Te presento a nuestra jefa, Carlota - dijo Ignacio.

"Ya la conozco, Ignacio. Si tú supieras...", pensé.

Le estreché la mano. Y fue muy extraño. Muy frío. Tenso, como una cuerda a punto de romper, pero duró más de lo estrictamente protocolario.

- Bienvenida - me dijo. No supe si lo pensaba de verdad, o solo era una frase de cortesía.

Lo único que supe es que se me había cerrado el estómago.


"Te presento a nuestra jefa Carlota", dijo Ignacio, pero yo ya la conocía. Era mi ex.

Me había apuntado al plan de Carmen para socializar con mis nuevos compañeros, sin embargo, la realidad me había golpeado. Ver a Carlota me había destrozado y ahora estaba ausente ante mis colegas. Ellos reían, contaban anécdotas, y yo me peleaba con mis recuerdos. No quería pensar en Carlota, pero ella había invadido mi mente.

Intenté centrarme en la merluza que había pedido, pero al llevarme un trozo a la boca, el pasado me pasó por encima.

Con Carlota pasé cinco años, que fueron bonitos, especiales... La mejor época de mi vida.

Pero todo se desmoronó una noche de verano...

El bar estaba casi en penumbra. Vacío. Solo dos mujeres en la barra, y nosotras ocupando la mesa central. Ella llevaba vaqueros y una sudadera amarilla. Un estilo informal que no solía llevar. Ella se arreglaba hasta para comprar el pan.

Yo, en cambio, me había hasta maquillado. Un mono marrón y unas cuñas era mi look. No iba a una boda, pero no vestía así en mi día a día.

Hablamos de todo: del partido del sábado, de la última película de Tarantino, de la boda de Georgina. "Se le está yendo de las manos", dije... pero, en el ambiente flotaba algo más profundo que nadie se atrevía a decir.

Hasta que Carlota pidió la segunda cerveza...

- Me han ofrecido un trabajo en París - dijo.

No me miró. Sus palabras salían atropelladas.

- Es para incorporarme la semana que viene - añadió - Es un buen trabajo, amor. No puedo rechazarlo.

Me crucé de brazos, como si me defendiera de su ataque. Noté que ya tenía la decisión tomada.

Empecé a analizar mi vida. Los "pros" y "contras" de tomar la decisión que ella me iba a poner sobre la mesa.

- Vente conmigo - me dijo.

Entonces, la realidad de mi situación me cayó encima como una losa.

Pensé en mi padre, en esa cama de hospital, pensé en mi madre, y en mi hermana, en las fiestas que se pegaba...

La decisión fue fácil, aunque no pensé en las consecuencias de ella.

- No puedo, amor - dije - Mi vida está aquí - mentí - Y, además, no sé hablar francés... ¿Qué hago yo allí, en París?

- No puedo hacer esto sin ti - confesó.

- Pues no lo hagas. Quédate - supliqué.

- Es un buen trabajo para mí... - dijo - para nosotras - rectificó.

Pero algo se había roto entre nosotras. Algo insignificante, pero que convertimos en una montaña de arena.

No respondí.

Ella bebió.

- ¿Y una relación a distancia? - pregunté, aunque sonaba más a desesperación que a una propuesta meditada -. No seríamos las primeras... ni las últimas.

Pero ella no respondió.

Lo entendí.


"Me ha ofrecido un trabajo en París. Es un buen puesto", me comentó Carlota.

Al día siguiente, la acompañé al aeropuerto cargando con su maleta como si fuera una condena por no irme con ella.

No dijimos nada. No hizo falta.

"Última llamada para los pasajeros del vuelo 4563 con destino a París. Embarquen por la puerta 7A"

- Vente - me dijo, por última vez.

Negué con la cabeza.

Ella se fue alejando.

Yo no quería llorar. Pero ver el vaivén de sus caderas, como su cabello golpeaba su espalda, ese movimiento de hombros... todo provocó que se me metiera algo en el ojo.

Ella desapareció y yo me quedé sola, paralizada, con los dientes y puños apretados...

Sin embargo, no llevé mal nuestra ruptura, porque aprendí a caminar sin ella.

O eso creía.

Porque Carlota había vuelto a mi vida.

De la forma más inesperada.


- ¿Verónica?

La voz de Carmen me sobresaltó y me devolvió a la realidad. Mi merluza seguía intacta en el plato.

- ¿Estás bien? Apenas has comido.

- Sí

Pero no lo estaba.

- Parece que hubieras visto un fantasma - añadió Rubén

Intenté sonreír, pero no lo conseguí.

"Quizá sí", pensé.

- Pido esto para llevar y volvemos a trabajar - dije.


Apenas había dormido aquella noche. Me pasé dando vueltas sobre el colchón intentando desterrar al fantasma de Carlota, pero ella me acechaba cada vez que intentaba cerrar los ojos.

Ni siquiera el café me había despertado y ya había bostezado varias veces delante del ordenador. Mis dedos no me respondían a la velocidad que requería un trabajo como ese.

Y, por si fuera poco, ella decidió llamarme.

- Vero, ¿puedes venir a mi despacho?

Me levanté y le pregunté a Carmen por su oficina.

- Aquel del fondo, el de las persianas bajadas.

- Gracias.

- Dos días aquí ¿Y ya has metido la pata? - preguntó.

Reconocí el chiste, pero no me hizo gracia. No tenía el humor para reír.

Y cuando me dirigí hacia él pensé en que ojalá me hubiera llamado para echarme la bronca.

Sin embargo, la realidad era mucho peor.

Me tenía que enfrentar a la mujer que había amado. Y la que se fue sin mí a la ciudad del amor.

Me tenía que enfrentar a unas mentiras que se desmoronaban como un castillo de naipes.

Por eso tenía miedo. Por eso mis nudillos rozaron su puerta.

Fue suficiente.

- Pasa - me dijo desde el otro lado.

Su despacho era amplio y tenía dos zonas bien diferenciadas. Una mesa de madera oscura llena de objetos de oficinas y cantidad de papeleo presidía la estancia. Dos sillas con ruedas la flanqueaban. Tras la mesa, estanterías llenas de libros y muchas fotos de Carlota con importantes empresarios.

Solo reconocí a dos.

La otra parte estaba compuesta de un juego de sofá y sillón beige escoltando a una mesa de cristal circular y un par de plantas algo mustias.


- Toma asiento, Vero - salvo por el "Vero", un tono profesional. Como el que usaría para cualquier otro empleado.

Acaté la orden y me senté.

Crucé las piernas intentando calmar mis nervios.

- Quiero darte la bienvenida oficial al equipo - dijo, y noté que era sincera - Alguien como tú nos vendrá muy bien.

- Gracias - le dije, sin mirarla a la cara.

- ¿Qué tal te estás adaptando? - me preguntó

- Bien. Mis compañeros son amables y me han hecho mi primer día mucho más fácil.

Se hizo el silencio y ella se rascó la barbilla.

- Imagino que sabrás porqué te he llamado - dijo.

Asentí.

- Bien, porque lo que vivimos es pasado y quiero que siga ahí - dijo, mientras jugueteaba con un bolígrafo - Y creo que somos profesionales como para que nuestro pasado juntas no afecte al trabajo. Imagino que será duro para ti, pero también lo es para mí.

Esa última frase me descolocó. ¿Ella tampoco me ha superado? Quise preguntarlo, pero me callé.

- No te preocupes. No haré nada que ponga en peligro el trabajo.

- Eso quería oír - exclamó, con una sonrisa, que perdió al instante -, pero... ¡Quiero saberlo! ¿Por qué no viniste conmigo?

Miré a mi alrrededor. Tragué saliva. Me costaba hablar de ello, pero entendí que se lo debía.

- Tenía una situación difícil - me encogí de hombros -. Más de lo que imaginas. Sabías que mi padre estaba en el hospital, lo que no sabías es que estuvo cerca de morir. Los tratamientos que le ponían no daban resultados. Mi madre estaba desbordada y pegada a la botella. Y mi hermana... Mi hermana es una hija de puta. Siempre de fiesta, siempre pidiéndome dinero, siempre con malas compañías... Tiene un hijo ¿lo sabes?, pero no tiene ni idea de quién es el padre.

Me callé. Sentí la boca seca.

Ella me miró fijamente, soltando el bolígrafo

- No podía irme así, Carlota - dije, a modo de súplica - Simplemente no podía.

- Lo siento - dijo -. Si lo llego a saber...

- No te lo dije por eso - la interrumpí -. No quería que destrozaras tu carrera por mí, por lástima. Quería que te quedaras, sí, pero porque me amaras, no por un "pobre chica, lo que está sufriendo"

- Pero me dolió. Vaya que sí - añadí - Y hoy me sigue doliendo. Aquella herida no se ha cerrado nunca porque...

Me quedé callada. El silencio se instaló entre nosotras como si fuera un empleado más.

- Te sigo amando, Carlota.


Me dolió que te fueras, porque... te sigo amando, Carlota.

Ella recibió la bomba con calma, como si fuera alguien que se dedica a desactivarlas. No movió ni un músculo, ni pestañeó, ni hizo ninguna mueca. Es como si supiera exactamente lo que pasaba por mi cabeza.

Yo me sentí más ligera al decirlo. Me acababa de quitar una mochila que me pesaba desde hace dos años. Una mochila que se hacía más grande cada vez que me acostaba con otra mujer, a la que llamaba Carlota en mi mente.

Pero por otro lado sentía que había destrozado mi etapa allí, incluso antes de empezar.

Ella se levantó, se ajustó la falda, y rodeó el escritorio sin mediar palabra. Caminando con una seguridad que asustaba.

- Ay, Vero - dijo, al fin - No sabes cuánto he deseado que dijeras esto.

Y yo me levanté de la silla como si me quemara.

Pero lo que me quemaba era el corazón.



La besé y, extrañamente, ella no se apartó. Me había dejado claro que el pasado era pasado, pero ahí estaba mezclando su lengua con la mía.

Nos seguimos besando. Ella se sentó en el escritorio y abrió sus piernas. Yo busqué su sexo con mis dedos. Me gemía en el oído.

Mis dedos se movían con celeridad, sabiendo que aquello era un combate clandestino, aunque mi cabeza pedía más tranquilidad. Que después de dos años no se merece que acabe en un suspiro.

Ella gemía con fuerza. Ese era mi gasolina. Y mis dedos se movían aún más rápido. Carlota acabó subida en la mesa, apartando todos los papeles.

Yo me escurrí hasta su intimidad. Le aparté las bragas y metí mi lengua en su coño. Lo noté más jugoso, más sabroso. Dos años anhelándolo y ahora lo tenía ante mí.

Ella se estremecía y sus jadeos inundaban su despacho. Gritaba mi nombre y me pedía más, que no parara, y, por si acaso, con sus talones me empujaba contra ella.

Notaba que llegaba al clímax y, de repente, me devolvió la bomba

- Te amo, Vero, siempre.

Se acababa de contradecir. No quiere remover el pasado, pero me amaba.

Mi lengua se movió con más brío.

Y la hice correrse.

Irremediablemente.

Sus muslos se empaparon. Pasé mi lengua.

La dejé seca.


Nos desnudamos. Nos volvimos a besar. Dimos vueltas por su escritorio.

Me abrí de piernas.

Ella se arrodilló.

Me metió la lengua.

Sentí un escalofrío de placer que recorrió todo mi cuerpo. Me tenía totalmente a su merced. Su lengua presionaba mis labios y eso hacía que gimiera sin control. No era capaz de frenar, ni aunque quisiera.

Mi coño se encharcaba cada vez que notaba su lengua al contacto con mi piel.

Ni la última vez que follamos, me había mojado tanto.

La agarré de la nuca. La apreté contra mí.

Cerré los ojos.

Gemía cada vez más fuerte. Sentía que me quedaba afónica.

De repente, paró.

La insulté.

- Pero sigue, puta - le dije.

Lo que no sabía es que iba a sacar un consolador de la mesilla de su escritorio.

- Cada vez que pensaba en ti, me lo metía - me confesó - Ayer me di bien. En este mismo lugar. Y hoy, lo vas a probar tú

Grité cuando me lo metió.

Movía el juguete con velocidad. Sentía que me rompía por dentro. Y no paraba de gritar. Mi cuerpo temblaba de manera espasmódica. Y no podía controlarlo.


Ahora sí, me corrí.

Inevitable

Me convertí en agua.

Ella chupaba su juguete.

- Delicioso - dijo, relamiéndose.

Después, me lo dio a chupar a mí.

Realmente estaba delicioso.


Los nudillos contra la puerta nos devolvieron a la realidad, rompiendo de golpe la magia. Me puse roja como un tomate al saberme descubierta. Follar en el despacho de la jefa tiene estos riesgos. Aunque lo disfrutes, siempre habrá alguien dispuesto a fastidiarte.

Me vestí con celeridad, dispuesta a irme.

Carlota, en cambio, se mostró relajada. Se puso la camisa, pero sus piernas se mantuvieron al aire. A ella todo le parecía dar igual. Amaba esa espontaneidad.

Abrió la puerta lo justo para que quien llamara, no la viera en paños menores.

- Estoy lista en diez minutos - dijo.

Después cerró y volvió a donde estaba yo. Sentada en la silla, vestida, como si nada hubiera pasado.

- Que nuestra relación pasada no te distraiga - me dijo -. No voy a ser indulgente contigo. Si metes la pata y te tengo que abroncar, lo haré. No voy a ser blanda contigo. Y, probablemente, hasta te exija más.

Asentí, aunque esperaba que me contará otra cosa. Algo como "Volvamos a intentarlo. Te necesito",

Decepcionada, me levanté y caminé hasta la puerta.

- Vero - dijo

Me giré

- Que esto no salga de aquí.

Asentí de nuevo.

Abrí el despacho y me fui

Con la sensación de que su frase "quiero que el pasado se quede ahí" solo eran palabras mojadas.

Y eso me hizo sonreír.


Tenía la sensación de que su frase "Dejemos el pasado ahí" solo eran palabras mojadas.


1 comentario


pingui.blog99
31 mar

Quizás no vuelvan a estar juntas, pero se conocen muy bien y disfrutarán de momentos intensos en la oficina jajaja.

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