Mi último día
Podría ser un partido más en la carrera de la tenista chilena María Panizo, pero no lo era. Aunque solo era la primera ronda de Roland Garros aquel encuentro podría ser el último. El de su retirada. Si perdía ante la prometedora Claire Müller, de veintidós años y a la que mucho califican como la más talentosa de la nueva generación, María, ganadora de cuatro Grand Slams, colgaría la raqueta.
Consciente de la transcendencia que podría suscitar aquel encuentro, Olga Cáceres, encerrada en su habitación, veía el partido. Es una gran aficionada al tenis en general y a María en particular y no podía perderse ese partido
Sin embargo, los primeros peloteos entre las dos jugadoras, no impactaban en Olga.
Ella tenía la mirada en otro sitio.
En el folleto que sostenía con sus manos temblorosas.
Ese folleto cuyo titular era "¿Qué es el síndrome de Lucidez Terminal Invertida?" que tantas veces había leído hasta saberse de memoria lo allí explicado, pero en ese panfleto no venía la pregunta más importante: "¿Por qué a mí?"
Y esa es una pregunta que ni el tenis podía disipar.
María mandó una pelota a la red y certificaba su derrota en el primer set por 6-2. Olga, en su habitación, aplaudió para animar, pero en su cabeza empezaba a encontrar paralelismos entre las dos. María estaba a un set de despedirse del tenis y ella, a un set de perder todo lo que conocía: Su trabajo en la galería de arte, su independencia y, lo que más le dolía, su capacidad de amar o ser amada. Dos estrellas que se apagaban en el mismo momento sin remedio.
El segundo set fue más igualado, con una María que recordaba a la de sus mejores épocas, como aquella mítica victoria ante Serena Williams en las semifinales de Wimbledon, pero volvió a caer del lado de la alemana. Su retirada se certificaba y en la habitación de Olga se respiraba decepción.
De pronto, el publico rompió en aplausos para homenajear a la tenista chilena que recuperó el protagonismo, pese a la derrota. El periodista se acercó a una visiblemente emocionada María y las cámaras se posaron sobre ella. Su rostro, con mechones de pelo pegados a su frente por el sudor, su esfuerzo por respirar y sus restos de arcilla en vestido blanco de Adidas, demostraban la batalla que había librado en la pista, pero Olga, no vio eso. Vio algo que nunca antes había visto en ella. Quizá solo era el paralelismo entre sus vidas, pero María brillaba con otra luz
Entonces miró a un calendario que tenía en la mesilla. Había una fecha marcada en rojo: 20 de mayo.
Dentro de dos días.
El día en el que todo su mundo se desmoronaría.
Volvió a fijar su vista en la pantalla. María todavía estaba hablando con el periodista.
Y lo vio claro.
Su último momento de lucidez
No quiero convertirme en lastre sin antes haber tenido una noche de pasión con María.
Quiero que mi última noche consciente sea con María
El tic-tac del reloj de pie sonaba incesante. Un sonido familiar para Olga que llevaba viviendo en esa casa treinta y seis años. Sin embargo, aquella noche sonaba más fuerte, como si fuera un recordatorio de que su vida se le escapaba de los dedos.
Olga presidía una gran mesa de comedor - que podía albergar un Masters 1000 de tenis -, con sus hermanos flanqueando los laterales. A su derecha, Carmen; a su izquierda, Mateo.
Olga apenas había probado su merluza a la plancha con salsa de boletus que le habría preparado August y su copa de vino estaba intacta. Sus hermanos no hablaban. Todo se mantenía en un incómodo silencio solo roto por el tic-tac, los cubiertos rayando los platos y los golpes de las copas sobre la madera.
Con la llegada del postre, Olga decidió hablar por fin. Cogió una pequeña cuchara y la hizo sonar contra la copa de vino. Su tintineo fue suficiente para que los hermanos levantaran la cabeza:
- Siempre me gusta pasar tiempo con mis hermanos pequeños - empezó diciendo -, pero no os he llamado para recordar anécdotas
- ¿De qué se trata, hermana? - preguntó Mateo
- Me quedan menos de cuarenta y ocho horas para mi vida cambie, para que deje de ser yo - dijo resignada - Y antes de que eso pase, quiero cumplir un último deseo.
Los dos hermanos se miraban expectantes, mientras Olga saboreaba su copa de vino que no había tocado hasta entonces. Después, tragó saliva. Y habló
- Quiero pasar mi última noche con María Panizo.
Olga dejó que la frase se posara en el aire, como un pájaro lo hacía en una rama de un árbol cualquiera. La expresión de Mateo fue imperturbable, como si se esperara la revelación. Para Carmen, sin embargo, fue una ofensa. Olga no había dicho expresamente la palabra "sexo", pero Carmen entendía perfectamente por donde iban los tiros.
- Acaba de perder su último partido y se ha retirado - continuó - Sé que es una locura...
- ¿Estás loca? - interrumpió Carmen, alzando la voz - No pienso pasar por esto. Es una mujer, no un capricho tuyo. Además, está casada con ese empresario... ¿Cómo se llama?
- Víctor Morales - apostilló Olga.
- Eso. Casada con Víctor Morales. Es imposible.
"Está divorciada desde enero", pensó Olga con una sonrisa burlona, pero se mostró callada, dejando que Carmen lanzara sus golpes.
- No es un deseo. Es una necesidad - se justificó Olga - Ahora que me voy a apagar necesito volver a sentirme deseada. Que alguien esté conmigo esa última noche de cordura
- Estamos nosotros, tus hermanos. Pediremos días libres en el trabajo. No necesitas a una celebridad que, seguramente, pase de ti.
- Vosotros no veis a vuestra hermana, ya solo veis a una enferma. Me miráis con pena. Y no quiero eso. Quiero a alguien que no me juzgue.
- Ella no es un juguete sexual.
Olga miró a Mateo que se mostró callado durante toda la discusión
- Conozco al representante de María - dijo Mateo -. Llevó mi carrera cuando competía. Podría hablar con él...
Los ojos de Olga se iluminaban, al tiempo que el enfado de Carmen era más visible.
- ... pero no te prometo nada porque es muy difícil.
- ¿De verdad, Mateo? ¿De verdad vas a ayudarla con este sinsentido? - preguntó Carmen molesta - Si nos hubieses pedido la eutanasia, lo hubiera gestionado, pero esto... ¡Conmigo no contéis!
Se levantó, cogió su bolso y salió, dando un portazo, por la puerta de atrás. La que da al jardín.
Olga y su hermano Mateo se quedaron solos en el comedor.
- Se le pasará - comentó Mateo
Olga se encogió de hombros
- Voy a hacer unas gestiones. Espero poder ayudarte.
Puedo hablar con su representante, que fue el mío, pero no te prometo nada, dijo Mateo
El timbre rompió la calma que se respiraba en aquella casa. Sonó de manera tan inesperada que Olga frunció el ceño. La hacían levantarse con su serie favorita en el televisor y eso no le gustaba. Con alguna dificultad, por sus manos temblorosas, el único efecto visible de su enfermedad, se puso de pie y caminó hasta la puerta.
Cuando la abrió su semblante cambió del enfado a la sorpresa.
Y es que tras ella, se encontraba María Panizo.
Vestía el mismo vestido que manchó con la arcilla de París el día anterior. Más blanco, pero el mismo. Como si hubiera salido desde la misma Philippe Chatrier. Sostenía en sus manos una raqueta.
Tras la discusión con su hermana - de la que aún no se había recuperado -, ella asumió la locura de su deseo. Y con el paso de las horas empezaba a intuir que había quedado en saco roto, pero ahora, María estaba frente a ella.
- ¿Es usted Olga Cáceres? - preguntó con su tan reconocido acento.
Olga solo pudo asentir.
- No suelo hacer estas cosas, pero me conmovieron las palabras de su hermano.
- Pase, por favor
Olga se hizo a un lado y la tenista se introdujo en su lugar más íntimo.
No suelo hacer estas cosas, pero lo que me escribió su hermano me conmovió, argumentó María
- ¡August! - gritó Olga - ¡Dos cafés!
Ellas se sentaron en el salón, en uno de los amplios sofás que decoraban la estancia.
- Le he traído un regalo - admitió María, alargando el brazo que sujetaba la raqueta -. Es una de las raquetas que usé ayer. Las voy a donar a un museo, pero he querido que una de ellas sea tuya. Sé que lo vas a agradecer
- Gracias. La pondré en un lugar preferente.
August irrumpió en el salón con dos tazas de café colocadas con precisión sobre una bandeja de plata. Las dejó frente a las mujeres y desapareció con un gesto amable.
Fue, en ese momento, cuando Olga confesó el motivo real de esa inesperada visita.
- ¿Puedo tutearla? - preguntó María, llevándose a los labios la taza.
María asintió.
- Verás, si le pedí a mi hermano que te escribiera es porque tengo un deseo antes de que mi enfermedad me atropelle.
- Dime.
- Me gustaría tener una última noche de pasión. Y creo que tú eres la más indicada.
María dibujó una mueca de sorpresa, pero ni amagó con irse. Olga bebió del café, como si quisiera esconderse. La tenista le siguió.
- ¿Y por qué yo? - preguntó María intrigada.
- Porque siento una conexión contigo. Tú has llegado a la meta de tu carrera deportiva... y yo... yo estoy a punto de llegar a la meta en la que seré la que soy ahora. Y además soy admiradora desde tus inicios. Desde aquellas primeras victorias en los challengers en Lima, Bogotá o Ciudad del Cabo. Y porque eres muy atractiva.
- Me halagas, pero no se si soy la más indicada. No tengo experiencia con mujeres.
Olga sonrió pícaramente.
- Creo que eso es un poco mentira - dijo -. Leí tu biografía y hablabas de experiencias lésbicas en aquella academia de tenis en Quito.
- Pero solo fueron besos y alguna mano por debajo de la falda.
- No has huido, así que noto cierta curiosidad. Y, tranquila, no pido ni una relación ni que nos casemos. Eso no lo voy a tener cuando me apague. Quiero que me recuerdes como una estrella fugaz.
María se mantuvo callada. El tic-tac del reloj sonaba inmisericorde.
- Lo que sea por una fan tan incondicional.

La habitación estaba deshecha. Desde que se levantó de la cama, no había vuelto a pisar su alcoba, pero poco importaba. Ellas se besaron bajo el quicio de la puerta. El beso no supo a amor, supo a refugio, a unas alas que estaban a punto de cortarse, a un "match-point" que Olga no podría salvar.
Ese primer beso, dio paso a una cadena de ellos que las llevó hasta la cama. La primera en caer fue Olga, que perdió la bata de seda rosa que cubría su cuerpo desnudo. La tenista metió sus dedos en el coño como si agarrara el mango de su raqueta. Los gemidos de Olga sonaron fuertes, a libertad. Por un momento, olvidó su enfermedad.
La tenista besó el cuello, los pechos, cualquier otro rincón del cuerpo de Olga. Un cuerpo sin síntomas visibles. Un cuerpo atractivo pese a las arrugas que ya afloraban en su piel. Su mano seguía jugando en ese coño tan resbaladizo.
Los gemidos de Olga subían de volumen. Los dedos de María se movían con velocidad. Y la pasión crecía. Igual que jugarte un set en el tie-break.
María dejó sus dedos y metió su lengua en el coño de Olga. Ella jadeaba de placer. Su cuerpo temblaba con la pasión encendida. Sus manos temblorosas la jugaban pequeñas malas pasadas, pero era justo lo que quería. Y eso la hacía sonreír.
Olga notó el orgasmo en su cuerpo. Apretó las piernas. María siguió lamiendo con la misma maestría que manejaba el revés a una sola mano que le valió el apodo de "La Federer femenina". Olga le agarró del pelo y la empujó contra sus caderas. Fue en ese momento cuando llegó al orgasmo. Sus jugos salieron de su sexo libres. Y ella sintió que el peso de su enfermedad ya no le caía encima.
Rodaron por la cama que se iba deshaciendo más. Sus cuerpos recorrieron todos sus rincones hasta que María quedó con su espalda apoyada en el cabecero. Con las piernas abiertas. Olga, pese a sus dificultades, se arrodilló frente al coño de la tenista y metió su lengua entre sus labios. La movió con torpeza, pero con la motivación que le daba poder cumplir su última voluntad.
María gimió con fuerza, como si jugara la final del US Open contra Aryna Sabalenka, pero esta vez no había un trofeo, solo el placer y la pasión que se respiraba por cada poro del cuerpo de Olga.
María sentía el orgasmo en su ser a medida que Olga meneaba la lengua con más velocidad. Sus dedos, a pesar de los temblores, entraban y salían.
María llegó al orgasmo. No había ganado el Open de Australia, pero había conseguido otro campeonato. El darle la última voluntad a una fan incondicional.
Sus jugos mojaron sus ingles, pero Olga lamió con gusto hasta dejarla seca.
Pese a que los rayos de sol la golpearon sin piedad, Olga no quiso abrir los ojos. Quería quedarse allí, en ese lugar seguro que ha construido.
Pero el sol insistía.
María descansaba al lado, desnuda, sin la preocupación de un nuevo entrenamiento.
Olga repasaba su espalda y sonreía. No ha sido el sexo perfecto. Había sido torpe, con cierta violencia, tembloroso... pero había sido mágico. Justo lo que quería. Justo lo que pedía.
Pero la realidad le volvió de golpe
Cuando vio el folleto.
Lo tomó. El tacto era diferente después de haberlo manoseado tantas veces. Recordó, entonces, cuando el doctor le digo lo que tenía. Solo era una visita rutinaria, pero salió de allí hundida y teniendo que aprender nuevos conceptos médicos.
"Vaya semana. Primero entierro a mi padre y ahora esto"
María despertó. Olga estaba leyendo - aunque ya se lo sabía de memoria -, el último párrafo del panfleto. En él, se explicaba, que había un tratamiento que solo retrasaría lo inevitable pero que, a cambio, pasaría toda su vida en una cama, dependiendo de alguien para hacer hasta lo más básico. Si ese tratamiento no se tomaba, la muerte le llegaría repentinamente.
Eso es lo que le explicó a María cuando ésta le preguntó si su enfermedad tenía cura.
- Es una pena - dijo María - Podría gustarme... esto
- Es mejor así - sentenció Olga.
María se levantó, recuperó su ropa y besó a Olga en los labios. Era una despedida, pero también una promesa.
Olga se quedó en la cama mirando al techo, intentando responder a la única pregunta que tenía sentido:
¿Muero de verdad o muero en vida?

- Podría gustarme esto - comentó María
- Es mejor así - replicó Olga



No me gustaría estar en esa misma situación, pero también es verdad que es una buena manera de aprovechar los últimos momentos de independencia y de vida jaja.