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Secretos de una sequía

Alicia Márquez
27 jun
10 min de lectura

Sábado. Tres de la tarde. Cuarenta grados. Ventanas abiertas, persianas bajadas. Un ventilador a pleno rendimiento, pero una sensación de bochorno que no se desvanece.

Lorena está tumbada en el sofá mirando vídeos en Instagram. Viste un top de tirantes, que deja al descubierto su ombligo, y unos shorts desabrochados. Su piel brilla por el sudor. De vez en cuando, se abanica con su propia mano. Inútil.

Sobre la alfombra está Águeda, su mejor amiga. Tumbada boca abajo, con una falda plisada blanca. Nada más. Se ha quitado la camiseta - arrugada en el sillón - y se ven marcas de bikini sobre su piel. Está tratando de resolver un crucigrama, pero hace tiempo que el lápiz no se mueve. El pasatiempo parece que está ganando la batalla.

La tele está encendida en algún informativo, pero ninguna hace caso. Las noticias se van sucediendo: el acuerdo comercial entre España y Canadá, una posible dimisión del primer ministro francés, la huelga de transportistas...

El periodista - canoso, traje negro, corbata roja -, entonces se pone de pie y camina hacia la gran pantalla. Un mapa aparece junto a él.

"Hoy son veinte días de altas temperaturas. Veinte días sin lluvias que se traducen en embalses al mínimo de su capacidad", dice, en un tono solemne y preocupado.

"El embalse de Los Castillos está al dieciséis por ciento de su capacidad; el de La Costa, al veinte, y el de Portovalle, al cuarenta y cuatro, una buena cifra, pero la más baja desde que se tienen registros", analiza.

Al mismo tiempo, en la pantalla, se van indicando los porcentajes referenciados encima del mapa.

Después, las imágenes saltan del plató a un lago completamente seco, barro agrietado, con troncos derribados y ruinas.

"Estas son imágenes en directo del Lago Arrodales, en Toledo. Como pueden ver, apenas tiene agua y, como consecuencia, las ruinas del antiguo pueblo sumergido han quedado al descubierto. No ocurría desde 1962, desde la construcción del embalse", finaliza.

Lorena deja caer el móvil, que rebota sobre su regazo.

- Está a media hora de aquí - dice.

- ¿El qué? - pregunta Águeda sin levantar la vista del crucigrama.

- El Lago Arrodales. El que sale en la tele - responde, señalando al televisor.

Lo adelantado por el periodista en el plató es ahora un reportaje ampliado. El Lago Arrodales es el desagradable protagonista de la pieza.

Águeda levanta la vista hacia el televisor. Abre la boca ante la desolación de las imágenes.

- Está a media hora. A unos treinta y dos kilómetros - insiste Lorena.

Águeda gira sobre sí misma, dejando un pecho al descubierto.

A Lorena le pilla en fuera de juego esa imagen. Se sorprende al notar cómo se le sonrojan las mejillas.

Es solo un segundo.

Es suficiente.

Águeda también se da cuenta de ello

- Llevo cinco años viviendo aquí y aún no me has llevado - reprocha Águeda - Creí que éramos amigas.

Cruza los brazos, tapándose el pecho, y finge enfadarse.

Por dentro, se ríe.

- No ha surgido la oportunidad - se justifica Lorena -, pero... Podemos ir ahora

- Sí, claro, con este calor.

- Es la mejor oportunidad. En dos días te vas a Italia y a tu vuelta ya no será lo mismo. Si quieres... vamos

Águeda vuelve a mirar al crucigrama.

Lee las definiciones de las palabras que le quedan.

"Que habla mucho y sin sustancia"

"Figura retórica que consiste en suavizar una expresión desagradable"

"Que posee una erudición amplia y profunda"

Las palabras no le salen.

El crucigrama sigue a medio rellenar.

- Está bien - Águeda ceda. Suena derrotada -. Podemos ir.

Águeda se incorpora, se cubre el pecho con la camiseta

Lorena se levanta del sofá. Su destino es su habitación.

Ella posa su mirada en los tacones tirados de la lámpara.

- Te voy a prestar unas botas - dice - No es sitio para tacones.

Lorena se aleja del salón.

"Menos mal que tenemos el mismo pie"


"Podemos ir hoy al Lago Arrodales", dijo Lorena

Lorena apaga el motor del coche. Todo queda en silencio.

- ¿Qué opinas? - pregunta

Águeda observa el paisaje. Suspira. A pesar del horror de lo que ve, se respira paz

- La zona es bonita - dice -. Tenías razón, pero es un desastre. Está más seco de lo que parecía en la tele.

Lorena asiente.

- Venía aquí a bañarme cuando era pequeña - confiesa -. Era nuestra playa.

Un halo de nostalgia recorre su cara

- Es una pena que esté así ahora - continúa.

Lorena baja del coche.

Águeda la sigue.

La tierra cruje bajo sus pies.

El panorama es desolador. Barro cuarteado, troncos derribados, nula vegetación. Un paisaje ideal para rodar una peli de vaqueros.

Pero no era un decorado. Era real. La ruina más absoluta.

A medida que se acercan, las ruinas del pueblo se hacen más visibles. Muros destrozados, musgo, olor a humedad, huecos de ventanas sin ventanas, la torre del campanario inclinada...

- Es desolador - admite Águeda -, pero también es interesante conocer la historia de este pueblo... ¿Qué crees que vamos a encontrar?

- ¿Quieres averiguarlo?

- Para eso me has traído aquí.

Lorena emite una risa ensordecedora. Algo exagerada, pero genuina.

Las amigas pasean por lo que algún día fueron las calles del municipio. Las ruinas las flanquean.

Caminan por las plazas. Otrora, llenas de vida - Niños jugando y abuelos hablando en los bancos -, ahora, no hay risas, no hay cotilleos, no hay nada. Solo restos de lo que algún día fue.

Entraron en la escuela. Los pupitres de madera están agrietados. La silla del maestro tumbada en el suelo, le falta una pata...

El olor a humedad es intenso...

- Sigamos - dice Lorena. Le cuesta respirar.

Saltan por el hueco de una ventana.

Continúan su paseo.

Pasan delante del ambulatorio, miles de cajas de medicamentos tiradas por el suelo; el mercado, el ayuntamiento, el campanario, cuyas escaleras han perdido varios escalones...

Acaban en una casa particular.

Lorena entra primero.

Se tapa la nariz para hacer frente a la humedad.

Águeda la sigue.

Dentro, mesas tiradas por el suelo, sillas rotas, madera podrida, restos de platos decorativos, unas escaleras que llevan a un primer piso inexistente...

Junto a las escaleras, una puerta.

Está atascada. El agua la ha dejado inutilizada.

Pero Lorena no se rinde. La puerta cede.

Una especie de armario aparece frente a ellas.

Tres baldas. Una más que ha cedido y se ha precipitado contra el suelo.

Más humedad, insectos, moho... pero nada relevante.

O eso creían.

Lorena encuentra en ese desastre una caja metálica.

Esquinas dobladas, dibujos desgastados.

La abre.

Dentro, cartas.

- ¿Qué pone? - pregunta Águeda.

Lorena tira del hilo que las sujeta. Abre la primera.

Están mojadas.

Y al abrirlas, la tinta está corrida. Muchas son ilegibles, pero alguna sí se puede leer.

- Tiene que ser terrible dejar tu vida de un día para otro - dice, antes de sumergirse en la lectura.

Águeda aguarda expectante.


En una caja metálica, doblada, y dibujos desgastados, Lorena encontró unas cartas

Lorena no lee.

Sus ojos se mueven con velocidad de una carta a otra, de una frase a otra.

- Son cartas de amor - anuncia Lorena.

Su veredicto despierta la curiosidad en Águeda, que toma otra de las misivas.

- Y es un amor prohibido, además - añade Lorena - Al parecer, quién vivía aquí, Cornelia, recibía estas cartas. Las firma una tal T... para que no nadie supiera quien es, supongo.

La lectura de Águeda es más pausada. Ella prefiere los pequeños detalles.

Y así es como descubre algo importante.

- T... T es una mujer - dice.

Lorena la mira con sorpresa.

Se hace el silencio.

- ¿En qué te basas? - pregunta Lorena, finalmente.

- Escucha esto.

Águeda empieza a leer en voz alta

"Si mi familia se entera me queman en la hoguera, pero no puedo dejar de amarte. Prefiero mil veces la hoguera que estar casada con un hombre al que no amo. Ojalá algún día podemos estar juntas sin ataduras. Ojalá exista algún tiempo en que dos mujeres caminen de la mano sin levantar miradas acusatorias"

Águeda suelta el papel, que viaja lentamente hasta el suelo.

Contiene una lágrima.

Lorena se mantiene en silencio.

No sabe que decir.

O sí lo sabe, pero no quiere decirlo.

- Que duro - habla, al fin

- Sí

- Nadie debería esconder a quién ama - comenta Lorena.

Y siente rabia.

Ella también esconde lo que siente por Águeda.

- ¿Crees que Cornelia seguirá viva? - pregunta Águeda

- No lo sé - admite Lorena

- Quizá debemos coger las cartas y tratar de buscarlas. Puede que le haga ilusión recuperarlas.

Lorena asintió.


"Son cartas de amor. De un amor prohibido. Entre Cornelia y un tal T", comenta Lorena

Águeda salió por el mismo hueco por el que entraron. Después, Lorena, sujetando la caja con las cartas.

Águeda continúa su camino, Lorena se queda sentada en el hueco.

- ¿Ocurre algo? - pregunta Águeda, al darse cuenta de que Lorena no sigue a su lado.

El aire pesa, pero no es el calor. Es otra cosa.

- Lo cierto es que sí - admite Lorena.

- ¿Qué pasa?

- No dejo de pensar en Cornelia y en T - comenta Lorena. Una lágrima se prepara para recorrer su mejilla - En lo duro que tiene que ser vivir una vida que no quieren. Se amaron, seguramente encontraron huecos para estar juntas.

- Sí, es duro, pero... ¿a dónde quieres llegar?

- A qué no quiero que me pase... que nos pase lo mismo. Yo... yo te amo, Águeda.

Águeda se queda muda.

Pasa un mechón de pelo tras su oreja.

- Por fin. Creí que nunca lo dirías.

Lorena parpadea.

- ¿Desde cuándo lo sabes?

- No lo sabía

Lorena la mira desconcertada.

- Tenía mis sospechas - continúa diciendo -. Cuando me llamabas llorando a las tres de la mañana porque tu cita te había salido mal, cuando insistías en quedar a solas conmigo, cuando me regalaste aquella novela lésbica por el amigo invisible... Pero antes, en casa, cuando me viste la teta... Ahí lo confirmé.

- Vaya. Soy tan previsible...

- ¿Y por qué no dijiste nada?

- Porque creo que tienes que decirlo tú - zanja Águeda - Y me alegro de que lo hayas hecho. Me alegro que esas cartas te hayan removido.


Lorena se queda callada. Sus manos se quedan ancladas a dos piedras del hueco de la ventana. Un escalofrío recorre su cuerpo.

"Es ahora o nunca", piensa.

Y, al fin, se lanza.

Se besa con Águeda.

Ella lo espera, pero, aún así, se sorprende. No tanto por el beso, sino por la intensidad del mismo.

Se separan.

Pero al rato se vuelven a besar, pero esta vez es Águeda quien lidera la ofensiva.

Acorrala a Lorena contra las piedras de la casa. Ella se agarra al borde.

Águeda le levanta su camiseta. Sus tetas quedan al descubierto.

Las lame.

Primero una, luego la otra.

Después las alterna. Su lengua va de una a otra como un péndulo.

Lorena gime. Clava la mano sobre las rocas. Duele, pero no la retira. Se le queda roja.

Águeda continúa su camino hacia abajo. Pasa por el esternón, el ombligo, el bajo vientre, las ingles, y, finalmente, el sexo. Mete la lengua. Lorena se tensa. Aprieta los muslos. Cierra los ojos. No deja de gemir.

Águeda está acuclillada sobre el terreno inestable. Lorena nota las piedras marcándose en su espalda. La lengua se mueve con velocidad; los gemidos tratan de seguir el ritmo. Los jadeos se encadenan unos a otros.

Lorena empuja sus botas contra el suelo. Sus manos ya no la sujetan. Es un cuerpo inerte a punto de despeñarse.

Llega al orgasmo.

Sus fluidos escapan disparados.

Sus piernas son dos cascadas.

En el suelo se forma un pequeño charco.

Lorena se relaja. Su corazón late acelerado.


Se cambian las tornas. Águeda contra la pared; Lorena agachada bajo sus piernas. Águeda recibe la lengua de su amiga, con una pierna en el hueco de la ventana, la otra apenas hace contacto con el suelo. Se ha quitado la camiseta y la falda está tan arrugada que parece un cinturón.

Lorena empieza suave, despacio, saboreando cada rincón de su sexo, pero va subiendo el ritmo en cada lengüetazo. Águeda tiembla. De placer.

Ella jamás hubiera imaginado que estaría allí, con su amiga en su coño. Habría esperado que Lorena se declarara con una cena romántica con velas o viendo alguna película con las luces apagadas. No en un lago que no tiene agua.

Pero debe reconocer que es hermoso.

Por eso está tensa, apretando las piernas y formando una coleta con sus manos en el cabello de su amiga, apretando su cara contra su sexo.

Por eso gime de manera muy aguda, como el sonido de un silbato.

Por eso pide más.

Por eso siente que va a desmoronarse, que el orgasmo está cerca.

Lorena introduce los dedos. Resbalan con facilidad hacia el interior.

El clímax llega.

Águeda explota.

Águeda se libera.


Se vuelven a besar. Son besos tiernos, pero cargados de intensidad y emoción.

- Que bien besas, jodía - admite Águeda -. Deberías haberlo hecho antes.

- Pero lo hago ahora - replica Lorena -. Lo bueno se hace esperar.

Los besos son un cierre hermoso para lo vivido.

Sienten que deben dejarlo ahí.

Son las siete de la tarde y el calor aún aprieta.

Sus cuerpos sudan y vestirse es casi imposible. La ropa se queda pegada.

Los rayos de sol acarician las fachadas, iluminando un montón de vidas truncadas. Al menos arrancadas de aquel lugar.

La caja con las cartas respira a los pies de Águeda, quien se ajusta la falda y se limpia el pelo de tierra.

La recoge.

Lorena ve el gesto.

- ¿Qué vamos a hacer con ellas? - pregunta, señalando la caja.

- No lo sé - responde Águeda - De momento, llevárnoslas.

- Sí, habrá que irse. Tenemos que llegar antes que mis padres.

Águeda se ríe.

Aquella excursión, de repente, se acaba de convertir en una carrera de coches.

Lorena delante y Águeda detrás regresan al coche en silencio, dejando que una suave brisa amenice el paseo.

Llegan al vehículo. Lorena echa un último vistazo a lo que dejan atrás. Al lago seco, el barro cuarteado, los troncos arrancados... y las vidas que quedaron sepultadas bajo el agua. Águeda, a su lado.

- De lo que ha pasado... ni una palabra - dice Lorena, firme

Resopla.

- Por ahora - concluye.

Águeda la mira. Se lleva los dedos a los labios y finge cerrarlos con una cremallera.

- Y ahora, volvamos.

Lorena arranca el motor del coche. La radio suena en una pieza instrumental que llena el vehículo. Águeda se deja llevar, su mano por fuera de la ventanilla.

Sin mediar palabra, lleva su mano al muslo de su amiga.

Lorena tiembla.

Y sonríe.



"De esto, ni una palabra... por ahora", advierte Lorena

1 comentario


pingui.blog99
29 jun

Con tanta calor se suda mucho durante el fornicio, creo que hay que ir a los embalses a guarrear un poco para llenarlos jaja.

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Av. Cobá 202, Cancún, Q.R., México

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