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Sexo entre presidentas

Alicia Márquez
14 feb
10 min de lectura

Samara White, presidenta de los EEUU, esperaba en las escalinatas de la Casa Blanca a que su homóloga española llegara.

Su rictus mostraba calma, serenidad y contención, pero por dentro sus nervios serpenteaban por su columna vertebral. Se avecinaba un diálogo difícil.

Probablemente lleno de reproches.

Algunos medios, con cierta guasa, habían titulado la reunión como "El combate del siglo"

Samara vestía un vestido corto, una chaqueta y unos tacones. Todo de un color rojo que destacaba entre el negro de sus agentes de seguridad y de Simon, su jefe de prensa.

Había sido él quién le había entregado las notas sobre lo que se iba a tratar en la reunión que Samara sujetaba con su mano izquierda, las que revisaba cada cierto tiempo, como si tuviera un temporizador interior.

Era una mañana soleada con un cielo despejado, sin ninguna nube amenazante sobre sus cabezas.

Sin embargo, la tormenta estaba por venir.


Samara sabía que se enfrentaba a una reunión difícil.

A lo lejos tres coches idénticos - negros, cristales tintados, banderas españolas en el capó... -, rompían el aparente silencio que reinaba la escena. Samara ancló sus tacones en el suelo y dibujó una pose fuerte, de poder, como la de un vaquero a punto de desenfundar su arma.

Los tres coches se pararon frente a las escalinatas. Del segundo de ellos emergió un hombre uniformado que, en un movimiento mecánico, abrió las puertas traseras del vehículo.

De ahí, con un impoluto traje de pantalón y chaqueta blancos y una melena rubia que acariciaba su cuello, salía la presidenta del Gobierno español: Macarena Quintero.

Tras ella, otra mujer bajó del coche. Más joven que Macarena. Su jefa de prensa. María Viñas. Siempre en la sombra, pero imprescindible en el gobierno de Macarena.


Del coche salió una mujer enfundada en un traje blanco de chaqueta y pantalón: Macarena Quintero, presidenta de España.

Macarena subió los cuatro escalones y saludó a su homóloga con un apretón de manos. Las cámaras de los periodistas captaron el momento. Ellas se mostraban cómplices, con sonrisas ante la prensa, y carantoñas entre ellas que María descifró con un código diferente.

Sin embargo, se respiraba en el ambiente una tensión marcada por las declaraciones incendiarias a ambos lados del Atlántico. Esa tensión se sintió, precisamente, en el apretón de manos, que duró exactamente treinta y tres segundos, que tenía bien puesta esa etiqueta. Samara, realmente, apretó la mano de Macarena.

Con el apretón finalizado, Samara, con un leve gesto de cabeza - imperceptible para la prensa -, indicó a su homóloga su acceso al interior del edificio.


Pese a que los gestos entre ambas mostraban cordialidad, la tensión acumulada era palpable.

El tic-tac del reloj se hizo más potente cuando el último de los periodistas cerró la puerta del Despacho Oval. Era un tic-tac que no amenazaba, solo recordaba que de esa reunión debían salir algunos acuerdos y con unas relaciones que hayan bajado el nivel de tensión. Y ninguna de las dos tenía intención de levantarse antes de tiempo.

Solo estaban ellas dos, frente a frente, sobre una gran mesa de madera oscura. Así lo habían querido. No querían interferencias de terceras personas. Un combate dialéctico entre las dos púgiles. Cara a cara.

Un muro invisible las separaba. Estaba formado por todas aquellas frases que habían tensado la cuerda de estas relaciones. Sentencias cargadas de veneno como el "es una terrorista con tacones" de Macarena o el "En España gobierna una chiflada" de Samara, revoloteaban sobre el espacio como moscas molestas.

Sobre la mesa, cada una de las contendientes sacó sus armas. Samara colocó las notas que sujetaba en las escalinatas; Macarena una carpeta con varios folios llenos de datos.


Separadas por una mesa y un muro invisible de reproches comenzó la negociación.

Fue Macarena quién dio el paso. Sostuvo uno de los folios, leyendo una frase que la propia Samara pronunció en una entrevista. "Vamos a imponer aranceles del cuarenta por ciento a España"

- Eso, presidenta White, es un error - dijo Macarena con calma, pero contundente. Fue el primer golpe al mentón de su contrincante

Samara apretó los dientes y se revolvió sobre su silla.

- No lo es - advirtió Samara -. Os lo merecéis porque actuáis como si la cosa no fuera con vosotros. Os burláis de nosotros, pero conmigo en el cargo eso no va a pasar.

- Sufriremos - asumió Macarena -, pero tus compatriotas tendrán que comprar nuestros productos más caros. Eso tampoco es bueno para tu administración.

Un trago de agua, una mirada afilada y sostenida, unos dedos que jugueteaban con el folio

- Sin embargo... Estoy dispuesta a negociar - admitió Macarena

Samara abrió los ojos. Tenía a su homóloga donde quería, pero se hizo la dura. Reclinó la silla hacia atrás, juntó los dedos en un triángulo perfecto. Dirigió su mirada hacia el techo momentáneamente antes de hablar.

- No creo que tengas nada que me pueda interesar y que me haga replantear mi decisión.

Macarena emitió un gruñido de frustración

- Entonces no entiendo por qué estamos aquí, si ni siquiera quieres negociar.

Samara giró sobre su silla, disfrutando de tener el control ante una Macarena que empezaba a notarse desesperada.

- Puedo bajarlos al veinticinco por ciento

- Quiero un diez

- Veinte

- Quince por ciento - dijo Macarena. Sonó a que era su última oferta - Y os compramos el petróleo exclusivamente.

- Suena prometedor - admitió Samara

Sin embargo, no parecía estar dispuesta a ceder. Quería seguir jugando.

- Pero quiero añadir facilidades en vuestro territorio para construir un mega casino.

Macarena apretó los dientes. Esa frase le golpeó fuerte en el mentón.

- Presidenta White... Por ahí no voy a pasar.

- Pues no hay trato - zanjó Samara

Macarena llevó su mano al corazón. El golpe había sido fuerte.

- A ver como le explicas a la prensa y, especialmente, a tus ciudadanos que no has querido llegar a un acuerdo que iban tan encaminado - sentenció Samara. Su tono sonaba a burla

Macarena se había prometido no sucumbir ante los trucos que solía usar en reuniones como ésta, pero Samara la había llevado al límite. A estar entre la espada y la pared. Aceptar es renunciar a sus principios - estaba en contra de todos los locales de juego. Era su medida estrella en su programa electoral -, y rechazarla era asumir un coste muy alto: Un cuarenta por ciento en aranceles... y más leña al fuego institucional.


- Quince por ciento de aranceles, la compra de nuestro petróleo y facilidades fiscales para construir un mega casino.
- Por ahí no paso.
- Pues no hay trato.

Macarena sintió la necesidad de huir y, por eso se puso de pie. Caminó hacia la puerta, pero se detuvo en seco. La promesa que le había hecho al Ministro de Exteriores en el hotel - "Voy a conseguir un acuerdo, José Luis" -, no podía caer en saco roto.

Regresó a la mesa, colocándose de pie, junto a Samara.

Ella la miró con suficiencia.

Sin mover un músculo.

Con cierto deseo.

Debía reconocer que Macarena se lo había puesto difícil. Y, precisamente eso, era lo que admiraba. Sus diferencias eran públicas y conocidas mundialmente, pero la admiraba. No se dejaba intimidar y por eso tuvo que recurrir a sus peores trucos para tenerla a su merced.


Macarena resopló, asumiendo la derrota en sus labios

- Vale, acepto que puedas construir un...

- Mujer, simplemente estaba tensando - admitió Samara - No quiero ningún casino. Solo quería verte sufrir, que supieras que siempre tengo la sartén por el mango. Acepto tu propuesta del quince por cierto y comprar nuestro petróleo.

Macarena suspiró de alivio. Sin embargo, en su mirada aún quedaba fuego. Con sus ojos deseaba asesinar a Samara. Se posaron en ella más de lo que quería admitir.

- Entonces... - dijo Macarena - ¿Tenemos un trato?

- Si, lo tenemos.

El apretón de manos que lo cerró fue más suave. No había lucha, solo cordialidad. Fue más largo, quizá algo más de lo que marcaba el protocolo. Las miradas también se sostuvieron más de lo esperado.

- Llamaré a mi jefe de prensa, Simon Archer, para que redacte el documento - anunció - Nosotras lo celebraremos con una buena copa de bourbon. ¿Te hace?

Macarena asintió.



Samara sacó una botella escondida en el escritorio Resolute y llenó dos copas.

Una de ellas se la ofreció a Macarena.

Brindaron y sus dedos se rozaron. A Macarena se le erizó la piel. Saltó la chispa. Entre tanto reproche se mantenía escondida, pero tras tanta presión se sintió liberada.

Bebió de un trago la copa.

Samara hizo lo mismo.

- Este bourbon es muy bueno - admitió Macarena

- Me lo regaló mi predecesor en el cargo - reconoció Samara - Solo lo uso en ocasiones especiales. Y esta es una de ellas. Has sido mi rival más fiera, te lo reconozco.

- Tengo que sacar los dientes.

Entonces, como si hubiera tocado el botón correcto, Samara se acercó un poco más. Sus cuerpos se rozaban. Apenas había espacio entre ellas.

El beso fue inevitable

- Sácalos otra vez, presidenta Quintero.

Aquellas palabras actuaron de detonador.

El beso que las siguió fue cálido, puro fuego, desesperado

Fue el primero de una cadena de ellos, cada uno más largo que el anterior.

Macarena retrocedió. La mesa fue su tope. Acorralada otra vez, pero esta vez, lo deseaba.

Se sentó en la mesa, con las piernas abiertas, dejando que Samara pudiera jugar con sus dedos. Los besos se hacían más pesados, más ahogados, más pasionales. Los dedos de Samara rozaban su intimidad por encima de su ropa. Macarena suspiraba.

Samara aumentó sus movimientos y Macarena empezó a emitir sonidos onomatopéyicos descontrolados que se perdían en el aire.

Macarena perdió sus pantalones, quedándose solo con las bragas que Samara apartó para que su lengua sustituyera a sus dedos. El sexo de Macarena, algo húmedo, recibió la lengua y provocó espasmos en su dueña, obligada a cerrar los ojos y que su mente abandonara su cuerpo.

Los gemidos de Macarena sonaban con el mismo deje andaluz que tenía cuando hablaba. Ese deje que para Samara tenía un toque tierno y, a la vez, erótico. Incluso cuando sacaba las garras. Macarena cruzó sus piernas tras la nuca de Samara, apretándola contra ella, atrapándola en un sexo cada vez más mojado. Los gemidos sonaban fuertes, pese a que Macarena trataba de tapar su boca con su mano.

Samara, iba subiendo su velocidad de lengua. Macarena, siguiendo su ritmo, aumentaba sus gemidos.

Macarena empezó a notar su orgasmo bajando por su cuerpo. Acercó más cerca a Samara con sus talones, explotando sobre ella. Sus fluidos mancharon el rostro de la estadounidense.

Macarena acabó completamente desnuda, dejándose caer sobre la mesa. Relajada, feliz, dejando que la tensión agonizara hasta morir.

Samara subió a la mesa, donde papeles, cifras, porcentajes y peticiones, se mezclaban con el deseo y la pasión. Macarena metió la mano bajo el vestido de su homóloga americana. Ella aún mantenía la elegancia en sus prendas, aunque su cuerpo ya había perdido la condición humana.

Y la ropa tampoco le iba a durar mucho...

Con un movimiento hábil, Macarena le arrancó la chaqueta y los tirantes de sus vestido dejaron ver un sujetador rojo - no podía ser de otra manera - con toques transparentes. Después, ella misma, se lo quitó, liberando unos pechos que Macarena comió sin cesar.

La mano de Macarena seguía jugando en su vagina. Y los jadeos de Samara pasaron del susurro al grito en décimas de segundo.

Samara perdió el vestido y sus bragas - también rojas -, quedando desnuda. Fue entonces cuando se tumbó sobre los papeles que llenaban la mesa. Macarena la agarró de sus caderas y la trajo hasta ella. Su lengua se metió en su intimidad con velocidad, como si no hubiera un mañana. Samara se estremeció con el placer y sus gemidos empezaron a salir sin ningún tipo de control, invadiendo todo el aire que allí se respiraba.

Macarena sintió como Samara se acercaba al orgasmo y aumentó la velocidad. Ella aguantó hasta que la explosión de placer las invadió. Sus fluidos mojaron a Macarena.

Volvieron a besarse y a lamerse. No había amor, solo un deseo desenfrenado entre dos iguales.

Acabaron agotadas sobre la mesa. Buscando un respiro. Mientras, se acariciaban y se besaban en un tono más íntimo hasta que alguien llamó a la puerta.


Los nudillos se escucharon muy bajito, pero fue suficiente como para que ellas dejaran a un lado sus pasiones y volvieran a sus roles. Al de dos presidentas negociando.

- Samara, soy Simon - dijo - Tengo el documento que me pediste.

Samara se cubrió con una chaqueta para abrir la puerta. Lo justo para que Simon no notara nada extraño.

Con el escrito en la mano, cerró y volvió con Macarena, que se abrochaba el botón de su pantalón.

Samara leyó el documento con detenimiento. Asintió

- Están reflejado el acuerdo al que hemos llegado. Todas las condiciones están escritas - dijo - Solo faltan las firmas.

Samara firmó primero, aún desnuda, de espaldas a Macarena que se relamía recordando lo ocurrido hace, solo, cinco segundos.

Después, lo firmó la española, con una firma al lado de la de Samara, más grande que la suya. Como si quisiera marcar territorio hasta en una hoja de papel.

- Se lo daré a Simon y él le dará una copa a tu jefa de prensa.

- De acuerdo.


- Este es el acuerdo al que hemos llegado, solo falta firmar.

Del Despacho Oval salieron juntas, pero separadas como marcaba el protocolo. Caminaron firmes, con energía. Dos presidentas seguras dispuestas a contestar a las preguntas de los periodistas que las esperaban en la sala.

Dos colegas que, a veces, se miraban y, ahí, se notaba que ya no eran solo dos presidentas que han negociado hasta la extenuación un acuerdo satisfactorio para ambas partes. Unas miradas que no pasaron desapercibidas para María, siempre en la sombra.

La sala de prensa estaba llena de periodistas, que rodeaban el estrado con dos atriles flanqueados por las banderas nacionales de ambos países, duplicadas.

Las dos entraron por un lateral a la sala y el murmullo se hizo palpable. Los reporteros gráficos disparaban con sus flashes, los de TV preparaban sus cámaras.

Samara jugaba con su pelo, recién restituido; Macarena ajustaba el micrófono.

Una última mirada cargada de simbolismo.

Entre el griterío, la voz de un hombre se impuso entre las demás.

- Gabriel Matraz, del "Washington Post" - anunció, como marca el protocolo - Después de estás últimas semanas de cometarios, a mi juicio, desafortunados por ambas partes... ¿Cómo habéis actuado para sacar este acuerdo adelante? ¿Creéis que las relaciones mejorarán a partir de ahora?

Amabas mujeres se dedicaron una mirada.

Samara carraspeó contra el micrófono.


- Después de meses lanzándose comentarios incendiarios... ¿Cómo habéis actuado para sacar el acuerdo adelante? - preguntó el periodista.
Ambas se miraron. Samara carraspeó sobre el micrófono.

1 comentario


pingui.blog99
16 feb

Antes se montaban guerras entre los líderes de casa país, ahora parece que hacen cositas X a escondidas jaja

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Av. Cobá 202, Cancún, Q.R., México

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