Sexo sobre hielo
Aunque el pabellón está vacío, yo me lo imagino lleno, con miles de espectadores jaleando mi nombre, observando mi ejercicio y aplaudiendo una vez finalizado. Eso es lo que me encontraré mañana. Pero hoy... hoy las gradas están vacías. No hay ningún alma. Solo estoy yo, el hielo y mi entrenadora.
Salgo a la pista con el traje que llevaré mañana - un azul eléctrico con toques negros -. Es mi ensayo general, como los actores en un teatro.
Me coloco en el centro, con la pose en la que arrancaré - manos en el aire entrelazadas y de puntillas sobre mis patines, como una bailarina de ballet -. Mis piernas tiemblan, y siento como mi boca se seca.
Solo soy una novata - es mi debut con las mejores -, pero en la prensa ya me han puesto la etiqueta de favorita. Por delante de la japonesa Hana Tanaka, la defensora del título. En otros tabloides se habla de mí como la esperanza del patinaje ruso. Demasiada presión para una joven de veintiún años.
La música empieza a sonar. Es una pieza instrumental de una banda sonora a la que alguien - Horacio Vázquez, creo recordar -, le había agregado arreglos de rock para acercarla al público más joven. Mi entrenadora había dicho que era perfecta para complementar el ejercicio que debo ejecutar.
Empiezo a deslizarme por el hielo, pero siento que no fluyo como siempre. Algo me agarrota y no consigo desprenderme de ello, como si llevara una mochila cargada de piedras a mi espalda. Por eso, cuando hago el primer axel ya siento que no es como debe ser. El salto es corto, la altura baja, y el aterrizaje, deplorable, aunque no caigo, me desequilibrio y pierdo el hilo de la música.
Mi ejercicio sigue con la misma mala inercia y no consigo ejecutar correctamente ningún movimiento, como si Svetlana Volkov, la esperanza del patinaje ruso, se hubiera quedado en el hotel y estuviera patinando su hermana gemela.
Termino el ejercicio, volviendo al centro y cerrando con mi pose final, de rodillas sobre el hielo y tapándome la cara. Soy consciente de que si patino así mañana mis esperanzas de meterme entre las cinco primeras - mi objetivo realista - se desvanecen.
La prensa me cuelga la etiqueta de favorita, pero mi primer entrenamiento es un desastre.
Siento la presencia de mi entrenadora antes de que mis ojos se encuentren con los de ella. La veo bajar las escaleras enfundada en un chándal con los colores de la bandera rusa y una gorra que no tapa su decepción. Yo me dirijo al borde de la pista, apoyando los codos sobre las vallas publicitarias.
- ¿Qué ha pasado? - me pregunta Cassidy Jensen, mi entrenadora.
No sé que responder. Dirijo mi mirada al hielo, como si la respuesta estuviera allí, igual de congelada que él.
- No lo sé - respondo -. Mis piernas no me obedecían, aunque es mejor fallar hoy, que hacerlo mañana, con las medallas en juego - digo, con un hilo de esperanza.
Ella asiente, pero mantiene esa mirada que te hiela la sangre. Su apodo de "Pitbull" de cuando ella patinaba, lo estaba viendo a la perfección. Si no la conociera bien, pensaría que me quiere incrustar la cabeza contra el hielo.
- Se llama presión, bonita - y ese "bonita" no suena a halago, suena a advertencia -. Y tienes que lidiar con ella. Saber gestionarla mejor. Porque sino no pasarás de una buena patinadora. No te convertirás en una leyenda. Eso es lo que creo que puedes ser. Y créeme, no se lo digo a todas.
Es verdad. Cassidy es tan dura que no suele regalar fácilmente los oídos.
Recuerdo nuestro primer encuentro. En Juneau, Alaska.
Cassidy mi dirige una mirada que te hiela la sangre. Por algo la llamaban "Pitbull" cuando competía.
Era mi primera competición. Y no pasé del decimoséptimo puesto. Muy lejos de la francesa ganadora. Pero Cassidy, una leyenda del patinaje, se me acercó a mí con una sonrisa brillando en sus labios, como la que no he vuelto a ver después.
Pasó de las dieciséis chicas que me superaron.
- Has sido la mejor hoy - me dijo.
Pero si he quedado en el puesto diecisiete, pensé porque cuando mis palabras viajaban a mi garganta, ella siguió hablando.
- Las que quedaron delante de ti son buenas, pero no tienen mejora. Su talento acabará pronto. En cambio tú... tú tienes algo dentro. Tienes fuego, pasión, elegancia... Tú patinaste como si te fuera la vida en ello.
No sabía que decir. Sentí que la cabeza me explotaba por dentro y no era capaz de procesar tanto elogio de la mismísima Cassidy.
- Gracias, supongo - acerté a decir, sin mucha convicción.
Al final, Cassidy tenía razón. Ninguna de las que me precedieron llegó tan lejos. Yo he sido la única que llegué a profesional.
- Tienes que anticiparte a la música - dice, su tono ya no suena a amenaza. Es una profesora que te corrige el fallo sin ahondar en él - Sé que es difícil con esta pieza porque son muchos estímulos, pero tienes que hacerlo... Ah, y en los saltos tienes que ser más agresiva. Es eso lo que te va a dar puntos mañana. Venga, repítelo. Te lo sabes de memoria.
Asiento y vuelvo a la pista.
La melodía sale de los altavoces y yo comienzo a deslizarme. Siento cómo me muevo con más precisión, pero los errores siguen estando ahí. El axel, aunque mejor, sigue sin ser perfecto. Tampoco el triple axel. Salto más, pero noto que no controlo mi cuerpo.
Finalizo el ejercicio y busco a Cassidy, que tiene los brazos cruzados. Noto su cuerpo más relajado, más accesible, más conforme.
- Está mejor - me dice - pero sigues fallando en puntos que te sabes de memoria. En el triple axel no has cerrado bien y te has ido hacia adelante.
Trago saliva, pero me mantengo callada. No es necesario replicar. Ella siempre tiene razón.
- Ven, vamos a descansar diez minutos.
Me agarra de la mano y me conduce a las gradas. De su mochila - amarilla, con su nombre bordado - saca una tablet y busca algo en ella. Cuando lo encuentra me pasa la tablet.
Es un vídeo
Es un vídeo de ella cuando logró el oro en los JJOO de invierno de Montreal 1984
La joven Cassidy se muestra elegante y contundente sobre el hielo, con unos saltos violentos y eléctricos. El público estalla con cada aterrizaje sobre el hielo. El oro es merecido, aunque según me cuenta mientras lo veo, fue una sorpresa mayúscula.
- Puedes superar esto - me dice, una vez acabado el vídeo - Fue el punto álgido de mi carrera - entorna los ojos, recordando aquella victoria. - Tú, a mi edad allí, tienes más talento del que tenía yo. Tienes que confiar en ti.
El silencio envuelve el pabellón, pero no es incómodo.
- Porque yo confío en ti - zanja.
Aún estoy en shock.
Nunca antes lo había visto.
Conocía su historia - su oro olímpico, sus dos oros en campeonatos del mundo, sus numerosas victorias nacionales, como la de Utah en 1988, su última gran hazaña -, pero no la había visto moverse sobre el hielo. Crecí con las patinadoras de mi país, por lo que mi mirada nunca se había ido a otros rincones.
Y eso me insufla la energía que pierdo por la presión que siento en mi pecho.
Que ella me diga que soy mejor que ella a la edad en la que ganó aquel oro, también ayuda.
Y, de repente, siento un aire helado.
No, no es el hielo de la pista.
Es algo más íntimo.
A mi lado ya no se sienta Cassidy, la dura entrenadora; está Cassidy, la mujer vulnerable y nostálgica.
Un escalofrío recorre mi cuerpo. La piel se me eriza.
Noto que ella también siente ese aire diferente. Nuestras piernas se rozan y sus dedos suben por mi muslo sin poder remediarlo.

Empiezo a sentir como mi respiración se agita. Ella sube despacio, sus dedos se marcan en mi muslo. Inconscientemente me revuelvo sobre la butaca. Ella alcanza el punto de no retorno. Su dedo índice roza mi coño. Doy un respingo acompañado de un gemido sorpresivo, que no esperas.
Luego nos besamos. Ella tiene una mirada de deseo, de alguien que ha reprimido algo hasta que lo libera. En el beso no hay amor. Hay lucha, hay desenfreno y hay desesperación.
Su índice ya no roza, se cuela en mi intimidad. Yo gimo, fuerte, casi ahogándome. Ella une más dedos en mi vagina. Mis bragas ya no la detienen. Mi inclino hacia atrás. Siento tres dedos en mi interior. Mis gemidos inundan el pabellón, opacando los aplausos de los espectadores imaginarios que aún siguen en mi mente.
Empiezo a perder la ropa. Mi vestido baja y mis pechos se quedan al descubierto. Ella, que sigue con sus dedos ahí metidos, me lame las tetas con la misma desesperación con la que me besaba.
Mis gemidos suben de nivel. Mis manos van a su nuca y la aprieto contra mis pechos. Gimo más fuerte.
Sus dedos se mueven más rápido dentro de mí. Mi coño de humedece. Cierro los ojos, me dejo llevar. Confío en ella, como lo hago cuando me entrena. No hay nadie que me entienda como Cassidy.
Sus dedos se cansan y ella los cambia por su lengua. Es un punto de inflexión. Pierdo los pocos papeles que me quedan. Su lengua se hace con mi intimidad con facilidad, como si dijera "ahora me perteneces". Yo gimo, insulto, me vuelvo una zorra sobre patines.
El orgasmo me está llamando. Intento aguantar, pero Cassidy mueve la lengua igual que se desplazaba sobre el hielo cuando competía. Tiene la misma fuerza. Y eso me hace explotar. Tiemblo y me relajo. Y mis piernas se convierten en cascadas de flujo.
Nos volvemos a besar. Siguen siendo besos desesperados y hasta torpes. Yo me noto casi sin aliento. Ella vuelve a jugar con sus dedos en mi sexo.
Yo la beso el cuello. Ella suspira. Su corazón se acelera.
Mi cabeza sigue besando todos sus rincones. Ella se deshace de su ropa a la vez que me acercó a su sexo húmedo. Ella se abre sobre las butacas. Yo me pongo de rodillas y meto la lengua.
Noto que Cassidy empieza a temblar de placer. Nos miramos, pero ella me rehúye. Se relaja. Le como el coño con velocidad, con pasión, con cierta torpeza, con desesperación. Necesitamos esto.
Cada vez que meto mi lengua en su coño, ella tiembla, se recoloca. Siento su orgasmo llegando a su coño. Y explota, como un globo al que pinchan con una aguja. Siento que se relaja y todo lo que tenía dentro me mancha la cara.
Nos besamos. Nuestras lenguas libran una batalla sin vencedor ni vencido, una lucha sin cuartel que nos deja exhaustas.
Yo me coloco de nuevo el vestido, ella me besa en la espalda. Sentimos que ya no estamos solas. Me recoloco el pelo y justo, allí estaba, mi gran rival: Hana Tanaka. Suspiro de alivio. Si entra cinco segundos antes, hubiera visto algo que, en el mejor de los casos, era inoportuno.
Cassidy desaparece, como si lo ocurrido solo hubiera sido un sueño.
Me voy a la pista sintiendo que soy una nueva Svetlana. No siento presión en mis piernas. No pienso en el oro que me atribuye la prensa, ni en mi propio objetivo. Solo quiero patinar, deslizarme sobre el hielo.
La música suena. Y yo localizo a Cassidy en las gradas superiores, oculta en bajo su gorra. Pero ahora no solo tenía sus ojos encima de mí, ahora mi rival está pendiente de mi ejercicio. Tengo que mostrar a quién se enfrenta.
Empiezo a moverme sobre el hielo y siento que soy yo. Que patino fluida, dejando que la música baile conmigo, dominando la pista. El primer salto es perfecto, aterrizo suave y me equilibro con el pie izquierdo. Yo sonrío un momento. "Esto sí es patinar", me digo a mí misma antes de seguir.
Hago un ejercicio pulcro, sin fallos groseros. Sé que aún lo puedo pulir más, pero estoy satisfecha. Y, lo que es mejor, Cassidy, también. Sé que ella se ha visto reflejada en mí.
A Hana la veo aplaudirme cuando me acerco a la salida. Yo la sonrío, como diciendo: "Supéralo"
Mi patinaje ahora es fino y siento fluir sobre el hielo. Cassidy estará orgullosa; Hana, mi rival, preocupada
Cassidy me espera en su sitio. No aplaude, no mueve ni un músculo, pero noto en su cara su satisfacción. Ese último entrenamiento es lo que ella busca.
- Esta sí es la Svetlana que vi aquel día de febrero en Juneau - me dice.
Yo sonrío volviendo la vista hacia la pista. Mi rival va a empezar su ejercicio.
- Descansa - me dice Cassidy - Y mañana... Tráeme el oro.

- Tráeme el oro - me dice Cassidy.



Ese amor es capaz de derretir el hielo, no sé cómo podrán patinar al día siguiente jajaja