Y sonó la alarma
La casa de los González-Peralta es la última de la calle.
Es de noche. Todo está oscuro. Solo dos farolas dibujan sus haces de luz sobre el suelo.
Irina, vestida completamente de negro —ropa deportiva, gorra y guantes—, espera escondida tras las ruedas de una furgoneta aparcada, repasando el plan.
Durante días, Irina ha estudiado a los González-Peralta, una familia de la alta sociedad. Sabe que todos los viernes salen, a las once de la noche, a algún acto benéfico, reunión social o a cenar a un restaurante de lujo. Sabe que esos días los hijos del matrimonio duermen con la hermana del padre. También sabe que la manera más fácil de acceder es por la terraza. No suelen cerrar la puerta, simplemente la atrancan, porque creen que nadie se colará por allí.
Hoy, ella, demostrará que se equivocan.
Los faros del BMW del matrimonio rompen la oscuridad, como un cuchillo entrando en la mantequilla.
Irina, desde su escondite, observa el reloj. Las once,
Repasa el plan por última vez.
Lo primero que haría sería saltar el muro por la parte más cercana a la vivienda de la vecina, esquivando los dos grandes robles que bloquean toda la verja.
Después, agachada y pegada a la valla que delimita las dos parcelas, avanzaría hasta la parte trasera, cruzaría la piscina, y llegaría hasta el porche. Justo arriba, la terraza.
Escalaría por la cenefa, intentando no pisar la enredadera, hasta llegar a la primera planta.
Allí, sabiendo que no hay nadie, se tomaría su tiempo para abrir con las ganzúas la puerta.
El vehículo se para en la señal de Stop, sus luces traseras rojas se ven pequeñas, pero inmóviles. Solo son dos o tres segundos, pero para Irina se hacen eternos. Es el momento más tenso.
El BMW gira hacia la derecha y se pierde entre el resto de viviendas.
Sonríe.
Es momento de actuar.
Decide esperar cinco minutos.
Quiere confirmar que no hay vecinos cotillas en la costa. Especialmente no quiere encontrarse con Amparo, cuya vivienda está pegada a la de los González-Peralta, y a la que Irina le cortó el jardín como tapadera. Esa es la única persona que la conoce en aquella calle y la única que puede echar al traste todo el plan.
Tras los cinco minutos de rigor, Irina entra en acción. Carga su bolsa de deporte a la espalda y ejecuta el plan, paso a paso, como lo había planeado. Nada de improvisar. No puede permitírselo. Si ha salido airosa en ocasiones similares es porque se ha mantenido fiel al plan original.
En apenas dos minutos y medio ya se encuentra frente a la puerta de la terraza.
Saca las ganzúas de su mochila, y trabaja en la cerradura, con suavidad, como una cirujana en una complicada operación a corazón abierto.
La entrada cede segundos después.
Irina entra.
Ahora tocaba la segunda parte.
Llevarse el botín.
Irina siguió el plan a rajatabla hasta colarse por la puerta de la terraza
Encontrar la caja fuerte no le fue difícil.
Emilio, el patriarca de la familia, la tiene escondida tras un retrato suyo, en el pasillo del piso superior.
"Solo un egocéntrico tendría un cuadro de él mismo", piensa antes de apartar el marco hacia la derecha y descubrir la caja fuerte, una HUNGAR2000, que no es de las más sofisticadas del mercado.
Abrirla le costó algo más.
Dentro, joyas, relojes y fajos de billetes que sumaban tres mil quinientos euros. Un buen botín. El mayor de su carrera.
Mete todo en la bolsa.
Regresa a la terraza, con la sonrisa de haber cumplido su objetivo.
Eso cree.
Porque cuando llega a la puerta, esta está cerrada. Mueve la manija varias veces, pero nada.
—Pero yo la dejé abierta —dice, apretando los dientes—. Debería seguir así.
Un último intento.
Introduce las ganzúas, pero se rompen.
Intenta mantener la calma, pero su corazón late acelerado.
Baja las escaleras, se acerca a la puerta principal, pero está cerrada
Las ventanas de la cocina, bloqueadas.
Irina se siente más histérica, aunque no se permite mostrarlo. No puede dejar que cunda el pánico, sino no encontrará la solución.
Entra en el garaje, pero al pulsar el botón, esta tampoco se abre.
—Joder. No me puedo creer que esté atrapada.
Vuelve al salón.
Pasa por la columna que sujeta el aparato de la alarma, con un teclado numérico y una pantalla, con letras verdes que anuncia:
CIERRE PERIMETRAL ACTIVADO
Irina refunfuña.
Se sienta en el sofá, molesta, cruzada de brazos.
La alarma, hasta ahora silenciosa, emite un pitido
—Genial. Y encima, ahora tengo que aguantar el dichoso pitidito.
Irina se hizo con el botín, pero no pudo salir. Pronto, se dio cuenta de que estaba atrapada
Elena odia hacer papeleo.
Los viernes por la noche, más aún.
Pero no le queda otra tras la mayor detención de su corta carrera en el cuerpo.
La oficina está a oscuras. Solo el flexo de su escritorio y la luz que sale de la pantalla, la iluminan.
Elena está visiblemente cansada. Bosteza, sus ojos se cierran, y las letras se le mezclan. También le rugen las tripas. No come nada desde aquel triste bocadillo de atún. Sus dedos se mueven por inercia.
Desea llegar a casa, ponerse esa película romántica y dormir como un bebé.
Pero llevar placa está reñido con el descanso.
Su teléfono suena a las once y treinta y tres minutos de la noche.
La alarma de los González-Peralta ha saltado.
—Parece que no me voy a ir a casa todavía —dice, cogiendo la chaqueta de su uniforme de su asiento.
Apaga la pantalla del ordenador con una sonrisa socarrona.
El trayecto hasta la casa dura quince minutos.
La calle está en calma, las farolas iluminan, no se oye nada, salvo algún grillo. No hay ningún vecino curioseando. Ni Amparo, la cotilla.
La casa de la familia muestra el mismo tono apagado que el resto de las casas vecinas. No hay señal alguna de que allí esté pasando algo, pero su deber como policía es investigar.
Aparca el patrulla tras la furgoneta.
Saca el arma y comprueba la munición que le queda.
Cruza la calle, sujetando la pistola con las dos manos.
Abre la verja principal, recorre el camino de piedra que la lleva a los tres escalones. Los sube con precaución.
Acerca la mano a la manilla, y esta no cede.
Lo intenta una vez más, y el resultado es el mismo
Coge su teléfono.
Llama.
—¡Aquí Securitas Discret! ¿En qué puedo ayudarte?
—Soy la agente Elena Carballo, nos han avisado de que la alarma de la casa de los González-Peralta ha saltado. Necesito comprobarlo, pero la puerta está bloqueada.
—Sí, es nuestra nueva alarma, que cierra todo el complejo para atrapar al intruso. Dame un segundo, la desactivo ahora mismo.
—Gracias
Elena vuelve a probar. Esta vez la puerta se abre.
Elena quería irse a casa, pero un aviso le obligó a cambiar de planes
La casa está apagada. Elena entra despacio, siempre con su arma preparada para disparar. Cruza el vestíbulo, apunta hacia la cocina. Nadie.
Deja atrás dos taburetes.
Llega al salón.
Allí la ve.
Una mujer vestida completamente de negro, brazos y piernas cruzadas.
—Arriba las manos.
Irina obedece sin rechistar.
Elena avanza, cautelosa.
—De rodillas
La ladrona sigue la orden, se arrodilla sobre la alfombra, mirando a los ojos de Elena, que sigue progresando sin bajar el arma.
Quedan pocos centímetros entre ellas.
Elena saca las esposas.
Le agarra un brazo.
En ese momento, Irina decide que no se lo va a poner fácil.
Con un movimiento rápido y preciso se deshace de la policía. Después, le da un codazo en el estómago.
Elena se tambalea, pero se rehace, consigue agarrarla del tobillo. Irina cae de bruces contra el mármol.
La ladrona patalea, Elena sube por su cuerpo. La atrapa de las muñecas. Irina escupe. Elena deshace el agarre. Irina la empuja. La policía cae sobre la alfombra.
Irina se pone de pie, sale corriendo, pero Elena la sigue, la atrapa en el baño, contra el espejo y el lavabo clavándose en las lumbares.

Los corazones laten con fuerza, la respiración es agitada; las miradas, afiladas.
—¿Te vas a tranquilizar? —pregunta Elena—. No tienes escapatoria.
Irina no responde. Por primera vez se siente débil, completamente atrapada.
Forcejea, pero Elena la tiene bien cogida.
Aprieta los dientes, el dolor en las lumbares empieza a ser insoportable.
Las cabezas están cerca la una de la otra.
Los corazones siguen latiendo acelerados, sin embargo, hay otro tipo de tensión en el ambiente.
Es Irina la que cruza la línea.
Quizá el último intento desesperado por escapar de allí.
Elena no lo ve venir.
Aquel beso la descoloca. Se queda helada, petrificada.
Antes de que pueda reaccionar, Irina vuelve a besarla.
Elena sabe que eso es un error, pero la ladrona besa bien, la tiene completamente entregada.
Irina vuelve a tener el control. Acaban contra la mampara de la ducha.
Elena abre las piernas, Irina roza su sexo. Elena susurra.
Los dedos de Irina se introducen en la braga de la policía, que aumenta el sonido de sus gemidos.
Cierra los ojos. No puede evitar pensar en las consecuencias que eso pueda tener, pero sus gemidos le arrancan de esos pensamientos.
Irina se sube a horcajadas a la policía.
Recorren el pasillo, se besan contra la pared, contra la cristalera, con la piscina de fondo
Llegan de nuevo al salón.
Elena la lanza al sofá.
Se desnuda. Irina, la sigue.
La ladrona abre las piernas. Elena se tira encima. Mete la lengua. Irina tiembla. Gime fuerte, con su voz aguda.
Elena introduce sus dedos, que se unen a la lengua, que mueve con velocidad, como si no hubiera un mañana, como si fuera lo último que hicieran en esta vida.
Irina grita, se agarra al cuero del sofá, pone los ojos en blanco, tiembla de placer.
Siente el orgasmo.
Crispa los dedos de los pies.
Se muerde el labio inferior.
Gime. Su grito es liberador, inunda toda la estancia. Los jugos empapan la cara de Elena,
Irina le agarra de la nuca para que lo saboree.
Vuelven a besarse.
Las lenguas libran una batalla menos física, pero más placentera. Una batalla sin ganador ni vencido.
Dos lenguas unidas por el mismo deseo prohibido.
Elena se deja caer en el sofá, sentándose en el reposabrazos. Irina se tumba boca abajo sobre el sofá. Le mete la lengua, la mueve con velocidad, con deseo, con pasión, con urgencia, con desesperación...
Elena se tapa la mano de manera instintiva, pero la aparta cuando sus gemidos salen desbordados, como un tsunami.
La policía deja los ojos en blanco, su cuerpo parece un flan. Araña el cuero del sofá con los dedos. Sus ingles aprietan la cara de Irina.
No para de gemir, de gritar, de pedir más desesperadamente, de los "zorra", de los "puta", de frases inconexas que quedan flotando en el aire.
—Me corro, hija de puta —grita, casi sin aliento.
Poco después, sus muslos se convierten en pequeños riachuelos de fluidos.
Las luces parpadeantes rojas y azules de los coches patrulla se cuelan por la ventana. Elena se sobresalta y se viste torpemente. Irina sonríe, desnuda sobre la alfombra, con la espalda apoyada en el sofá, como si la cosa no fuera con ella.
—De esto, ni una palabra —advierte Elena—. Podrían despedirme por esto
Irina asiente.
Pero no lo hace por ella. Una relación sexual con una policía tampoco le viene bien a ella.
—Y ahora, vístete, antes de que lleguen más refuerzos.
Fuera, en la calle, los agentes se reúnen frente a la casa. Se escuchan voces, que llegan a la casa como un susurro, como ruido de fondo.
Elena no presta atención. Está concentrada en esposar a Irina, que no se resiste al arresto. Ha luchado, pero ha perdido. No le conviene retrasar más lo inevitable.
Salen de la casa.
Las luces de los coches patrulla iluminan la calle. Ya no está en calma, ya no es esa zona en la que no pasa nada. Hay vecinos, pero, sorprendentemente, Amparo no asoma la cabeza.
Elena mete a Irina en un patrulla.
Se reúne con un colega, que repara en el ojo morado
—¿Qué ha ocurrido?
—Se complicó más de lo esperado —responde, sin entrar en detalles—. Quiero irme a casa.
A lo lejos, el BMW de los González-Peralta aparca. De él baja el matrimonio, preocupados.
Elena sale a su encuentro
—Está todo en orden —dice—. En el salón está todo lo que pretendía robar
—Muchas gracias, agente...
—Carballo. Elena Carballo.
El patrulla en el que va Irina arranca.
Ella, apoyando la cabeza en la ventanilla se maldice por su plan fallido.
Y por no estar al tanto de las últimas innovaciones en alarmas.

"De esto ni una palabra", advierte Elena



Ahora que va a la cárcel puede hacer cositas en la celda con sus futuras compañeras jajaja.